Player 1: tú.


Existen millones de juegos.

Y aunque no lo creáis, los que más éxito tienen no son los virtuales. Ni tampoco el pilla-pilla. Son los que implican dolor. Y no me refiero al sado ni nada por el estilo. Son el resultado de herir a los demás. Y yo, la verdad, me estoy hartando de estos juegos.

No quiero participar nunca más, quiero ser descalificada por hacer trampas. Sí, por intentar escapar.
Al abrir los ojos por vez primera ya estás en la boca del lobo. Ni siquiera conoces las reglas del juego, pero es tomar tu primer aliento y ya estás dentro.
Inevitable.
Ya se han comido a tu primer peón.
Conforme vas avanzando, vas comprendiendo las instrucciones. Estás enganchado.
Herir es tan fácil. No importa si es un alfil o el mismísimo rey.
Lo que fue un juego de niños pasa a la fase final, en el último escenario junto al más fuerte enemigo.
Pero a fin de cuentas, esto es la vida real. Si desapareces no parpadeas dos veces y comienzas de nuevo. Ni tampoco todo el dolor dado y recibido se elimina al pasar los minutos.
Cada acto, cada palabra y cada momento de tu vida es irreemplazable. No puedes apagar la partida y cargarla por donde guardaste la última vez. No tienes unos comandos fijos que seguir, tú decides el final.
Estos juegos de falsedad e hipocresía se adueñan poco a poco de todo aquel que no es capaz de pulsar el botón de salir. Supongo que se queda atrapado en una red de mentiras que él mismo ha tejido.
Y ahora mismo me pregunto si he sido capaz de abandonar la partida o estoy inmersa en medio de una batalla que yo misma desconozco. Me pregunto si será necesario un jaque mate o servirá con quedarnos en tablas.
De todas formas, un GAME OVER no me asusta. Si es necesario, cambiaré las reglas del juego.



Rima asonante

Me pasaría las siete vidas que tiene un gato y todavía no terminaría de descifrar el completo significado de mis pensamientos.
Inmersa en un mundo verde de colinas naranjas y árboles cuyas copas nunca acaban. Impregnada del olor de tu camisa de cuadros y botones grises. Y de fondo la melodía de mil voces acompasadas por mil piratas y un violinista.
Puede que también un holograma del más intrépido rompeolas colisionando con la espuma de mar, en pantalla plana.
Un dulce salado.
Donde el viento tuviera forma de versos con rima asonante, que agitaran mi cabello en ondas de todos los diferentes colores. Que el molinillo verde junto a mi ventana nunca dejara de girar.
Donde Lucy te mire desde el cielo llena de diamantes.
No más fotos en blanco y negro.
O quizá no serían necesarias ninguna de estas cosas.
Quizá lo dejo todo por un café con sal.

Silencio

¿No os habéis preguntado alguna vez de dónde salen esas personas incapaces de vivir una situación incómoda, esas personas que además de hablar con todo el mundo saben sacarte siempre las palabras?
¿Cómo lo hacen? ¿Cómo pueden derrumbar un castillo forjado del más resistente silencio con un simple soplido? ¿Cómo derrotan a la timidez en tan solo una ronda?
Y también, ¿qué daño nos ha hecho el silencio? ¿Por qué luchamos contra él desde el primer asalto?
No siempre el silencio es un sonido aterrador.
Es algo que tienes que decidir tú.

Os vigilo de cerca

¿Por qué los cables se cruzan y no hacen otra cosa más productiva? Como por ejemplo... ¡la conga!
Todos seríamos más felices si los cables se pusieran a hacer bailecitos sureños y repartir guirnaldas de flores a viejos con la piel más oscura que sus propias muelas.
Si yo fuera vosotros no iría de tan chulito por la vida. Payasos.
Dais pena.


PD: No dejéis que se os crucen los cables, contribuis con su malévolo plan de exterminar las galletas Lulú.