Un regalo que puede que no valga nada


Creo que todos pensamos que la inocencia es algo que cuando se pierde, no vuelve. Cuando desaparece, se dice que la venda que teníamos sobre los ojos se va con ella. La confianza vuela, pero no como un pájaro, más bien como una granada lanzada por un militar en plena guerra civil. Y cuando cae al suelo, explota. Corrompiendo miles de recuerdos que creíamos que perdurarían para siempre intactos. Pensamos: ¿Y si esta no es la primera vez que me engañan? ¿Y si aquel abrazo escondía un mal acto? O... ¿y si lo escondían todos?
En cambio, también creo que estamos un poco equivocados. Que hay personas que, sin ni siquiera creerse lo suficientemente especiales, te la devuelven. En un paquete rojo, con lazo y purpurina incluidos. Quizá solo hace falta un abrazo en el momento indicado, o puede que un beso.
Se dice que una persona inocente cuando es herida, piensa que lo más probable es que haya sido por error, un simple descuido. Pero, no siempre eso es cierto, de hecho, solo algunas veces.
Por todo eso pienso que ser demasiado inocente es más que pernicioso, pero no tener ni un atisbo de ingenuidad es mil veces más perjudicial. Y, entonces... ¿Por qué no un término medio? Ni cegar, ni ser cegado. Sencillamente, ver. Ver la vida como es.
Aunque, amo el optimismo, un poco de objetividad tampoco está mal. Optimismo, objetividad y pesimismo en su justa medida; sería increíble poder repartirlo entre aquellas personas que se quedan cortas y esas otras sobrantes.
Y, por eso, si crees que lo necesitas, te regalo un poco de mi optimismo. Si lo quieres, para ti.

Las hormigas guerreras que un día lo conquistarán todo

Hay momentos en los que todos nos sentimos como hormigas, minúsculos. Sentimos que hasta la más diminuta piedra puede con nosotros y nos aplasta. Tenemos colgado en la frente un cartel que dice: Insignificante. Ese cartel es casi imperceptible para unos y para otros brilla como luces de neón. ¿Y qué haces cuando notas como otros se colocan su propio letrero, como se hunden en una mediocridad que no poseen? 
A veces quisieras decirles lo grandes que son. Que los rascacielos sentirían envidia y que si es verdad que son hormigas, son de las guerreras. Claro, aunque sería un poquito raro que hubiesen sufrido tal mutación genética como para ser hormigas más grandes que rascacielos y con capacidad de habla. Me callo. Sería genial poder decir todo esto, ayudar con unas cuantas palabras que no salen de tu boca por timidez. Sería genial ayudar, de vez en cuando. Y también sería genial escribirlo.
Puede que algún día me convierta en una hormiga guerrera, de esas que no se rinden. De esas, que ante los problemas, por colosales que sean, se dedican a correr a las tantas de la madrugada, a gritar a alguien que no escucha y a llorar y reír a la vez.

Cubitos de hielo

Qué frío hace en la clase de Latín. Es lo primero que he pensado al entrar en clase, me he sentado en el primer sitio que he pillado, no me importaba, sabía que no iba a hablar con nadie. No me considero antisocial ni nada por el estilo, simplemente me encontraba en uno de esos momentos en los que no te importa expresar tu indiferencia hacia ciertas personas. Se me habían olvidado demasiadas cosas. Se me había olvidado la rutina, los bolis que se caen, los estuches que vuelan, las cartulinas de colores y los libros que pesan toneladas. Y, creo que se me habían olvidado porque cuando estás mucho tiempo con otras personas te absorben, consiguen quitar importancia a todo lo demás. Eclipsan todo a su alrededor, con su ausencia. Me pregunto si algún día podré llegar a ser como un eclipse solar para alguien.
Sigo pensando que es curioso. Qué frío hace en la clase de Latín. Era como encontrarse en medio de un iglú, o dentro de un manantial helado. Todo como un témpano de hielo.
Cuando ciertas personas se van se llevan todo su calor con ellas. Son como un radiador andante, de combustible infinito.
Creo que nunca ha hecho tanto frío en la clase de Latín.

Si sonríes te ganas un cielo a mi lado

Hoy os voy a hablar un poco sobre mí, no tengo ningún motivo aparente. Simplemente, pienso que al escribir te das cuenta de cosas que incluso tú desconocías de ti mismo.
Siempre me ha gustado la idea de que alguien me describa, con pelos y señales. De que cuando alguien le pregunte: ¿Cómo es esa tal Celia? responda con cientos de historias, con otro tanto de defectos, y espero, con unas pocas más virtudes. Que señale manías que ni siquiera yo percibo y que se sepa de memoria todas y cada una de mis caras.
Pero, si nunca he dicho ciertas cosas de mi misma, ¿cómo alguien las va a conocer?
Os podría contar que de pequeña me daban miedo las escaleras, que subía un peldaño con el pie derecho y me quedaba indecisa sobre si hacer lo mismo con el izquierdo. Luego me daba la vuelta y retrocedía, me reía y lo volvía a intentar. Pero, si ahora soy capaz de subir las escaleras sin ningún pavor, eso significa que alguna vez sacaría el valor suficiente para subir el pie izquierdo y que poco a poco, por pequeños que sean, superamos nuestros miedos.
Me gusta recordar esas historias.
Una vez alguien me dijo una frase. Sé que es lo que se suele decir. ¿¡Oh, una simple frase puede cambiarte!? Pues sí. Estoy absolutamente segura de que sí. "Nunca dejes de sonreír, ni siquiera cuando estés triste, porque no sabes quién se puede enamorar de tu sonrisa". Es así de simple. Una frase de un tal Gabriel.
Al nacer te enseñan muchos principios, vas aprendiendo paso a paso. Supongo que me educaron así, con un no menosprecies la vida. Y sé que a veces puede parecer una excusa muy tonta pero, ¿acaso el mundo no está repleto de tonterías? Sonreír no está mal como primer paso.
Aunque quizá tenga que esforzarme un poco más, porque tal vez esa persona que un día conocerá cada centímetro de mí no esté tan lejos.

No dejes de brillar

La Luna. ¿Por qué nos enamoramos de la Luna? ¿Qué tiene de especial? Quizá sea su luz, que nos ilumina en nuestros momentos más aciagos. Pero, tiene algo más. Tienen un imán, un misterio que nadie conoce. Hasta la marea se rinde ante ella. La Luna nos enamora, nos encandila. ¿Por qué si no Beethoven le compuso una sonata? ¿Por qué Julio Verne escribió un viaje a su alrededor? ¿Por qué el hombre la pisó? ¿Y por qué yo misma, por qué elevo la vista hacia el cielo cada noche? ¿Por qué me subo a mi azotea en cada eclipse lunar?
Tal vez, envidiemos a la Luna. La envidiamos con todo nuestro ser. Aunque, no nos paramos a pensar, que ella puede que también nos tenga celos. A fin de cuentas, la Luna está sola. ¿Cuántos años tendrá ya? Como unos 4.500 millones. Probablemente esté cansada de brillar, esté harta de no poder llorar. Una a una, las estrellas a su alrededor desaparecen, se vuelven polvo. ¿Pero ella? Ella permanece ahí, cada día. Da vueltas y más vueltas, se retuerce.
Ser la Luna debe de ser duro. Y creo que por eso yo la miro, cada noche. Para que tenga en cuenta, que no está tan sola. Que no es un simple satélite. Para que nunca caiga en el olvido que estoy enamorada de la Luna.