Fuego

Algunas miradas tuyas queman más que el fuego.

Me dan ese calor que adormece,

que te remata si te has creído muerto,

que te desata el autocontrol.


Algunas miradas tuyas no deberían mirarse.

No si te importa tu cordura,

si no quieres olvidarte

de lo que era ser mirado.


Sueños

Recuerda su sueño perfectamente. No. No lo recuerda. O sí. No lo sabe. Recuerda palabras que hablaban por sí solas. Que se le clavaban en el costado, pero sin dejar cicatrices. Y ahora, despierto, se roza con las yemas de los dedos los agujeros que nunca existieron; como cuando de niño paseas tu lengua por el hueco de un diente que se te ha caído. Y entre sollozos: "¿No es extraño echar de menos algo que nunca se ha tenido?"

Héroe anónimo

El señor de la corbata amarilla mira desde su balcón -dúplex del centro, sexto piso- un punto en concreto de las calles de Hamburgo. Lo mira y resopla. Saca un habano del bolsillo derecho de su camisa amarilla Nápoles de puntos amarillos de tres tonalidades: amarillo ocre, amarillo indio y amarillo cromo. Enciende el puro con dificultad; hace viento. Y frío. Mientras da caladas a su puro - nota mental: mañana bajará al estanco- piensa en la noche del decimotercer día del pasado julio. Un mensaje a su mujer de que llegará tarde. Sudor, mucho sudor. Horas extras en el bufete, trabajando. Katja, su secretaria. Una sonrisa lobuna se dibuja en su cara. Harold, todavía no estás acabado, piensa. Su monólogo interno es interrumpido por la risa de dos adolescentes acaramelados que se despiden en la esquina. Los niños de ahora parecen todos unos perroflautas. El chico le da su chaqueta gris a ella. ¡No es necesario! dice, pero piensa lo contrario; era absolutamente imprescindible para la chica de cabello rojizo. Un grito. Su mujer: ¿Qué haces, Harold? Él: ¡Un segundo, querida! Aunque querida no es precisamente el adjetivo que le grita su mente. Sigue mirando a la pareja, que termina de coquetear con un insípido beso. En el apartamento de enfrente un gato Bengala de rayas grises y pardas intenta subir a lo alto del tercer balcón. Harold le ladra. El gato le mira desconcertado y al rato vuelve a lo suyo. Yo tampoco me tomaría en serio si fuera tú, la verdad. Otro grito. ¡Joder, puta pesada! Pero el grito no es de su mujer, se da cuenta cuando oye el segundo. Es la pelirroja de antes. Dos sombras que le sacan más de una cabeza la agarran. El de dos centímetros menos le tapa la boca. No se escucha un tercer grito. Harold imagina que arroja el habano a la calle, se pone sus pantuflas de Homer Simpson, agarra el bate de béisbol de su hijo -ya graduado en una universidad privada- y sale disparado por las escaleras. Reuma, perdóname, pero es urgente. Llega a la puerta semidescalzo, no ve a nadie. Se dirige al callejón: ahí están los muy cabrones. La chica se vuelve hacia él, con lágrimas en los ojos. ¡LARGAOS DE AQUÍ, CAPULLOS, SI NO QUERÉIS QUE LLAME A LA POLICÍA! Las sombras sueltan a la pelirroja y huyen, más veloces que en la mejor escena persecutoria del cine. La pelirroja se abrocha la chaqueta de su novio y se derrumba. Ya ha pasado todo, murmura él. 
La imagen épica en su mente es interrumpida por el grito de su mujer: ¿¡¡Harold!!? El señor de la corbata amarilla pestañea, aturdido. Mira a la calle. Hay una chaqueta gris en el suelo, nada más. ¡Ya voy! Apaga el habano en el cenicero, sale del balcón, cierra con llave y se acuesta junto a su mujer. 
- Buenas noches, Harold.
- Buenas noches, querida.





Pero no puedo odiarte...

Aúllan las ganas que tengo de verte.
Desgarra la sed, tiemblan las dudas.
Me doblan las uñas, que quieren tocarte.
Dispara la paz, enferman las curas.

Me invitan los días a olvidarte.
Y los rechazo, aunque ni llegues ni hayas llegado.
Aunque por arriesgar pierda cada gramo de mi suerte.
Me rindo... me rindo... me quedo a tu lado.

Bailan las ganas que tengo de herirte.
Quema el mar, ennegrece la Luna.
Me vacían las palabras que quiero escupirte.
Sana la cal, amarga la cordura.

Me invitan las locuras a amarte.
Y las rechazo, aunque me quieras y me hayas querido. Aunque me ames y me hayas amado...
Aunque por odiar pierda cada recuerdo de mi mente.
Me rindo... me rindo... me has perdido.  Pero nada fue en vano.
                                                          

No te olvides

Mírame, si es que crees que puedes mirar.
Ríe, si es que crees que mereces reír.
Y ama, si ya no te sientes el alma.
Y teme, si no has llorado nunca del miedo.

Cállame, si es que crees que puedes callar.
Vive, si es que crees que mereces vivir.
Y grita, si ya no te encuentras la calma.
Y vuela, si no has levantado nunca los pies del suelo.

Tócame, si es que crees que puedes tocar.
Miente, si es que crees que mereces mentir.
Y dispara, si ya no te hieren las balas.
Y muerde, si no has probado nunca el cielo.

Ámame, si es que crees que puedes amar.
Témeme, si es que crees que puedes temerme.
Y grítame, dispárame o muérdeme.
Pero no te olvides de hacerme volar...

Recovecos

A veces nos enredamos tanto para tocar corazones que olvidamos que los temas más sencillos suelen ser los que más sentimos. Podríamos simplemente hablar de nuestras quimeras; describirlas en palabras, sin recodos ni reservas. Podríamos comentar historias que nunca tuvimos, que nunca lloramos. Y balbucear sobre cuánto las soñamos. 

Closer to the edge

No llegar a los extremos y vivir son polos opuestos. 

¿Dónde está el placer en quedarse corto? 


Durante mucho tiempo he pensado que odiar y amar no pertenecían al día
 a día y que no permanecían dentro de los límites de la cordura. 

¿Quién decide qué y cómo debo sentir? 

En este instante odio. También amo. Y a lo peor mañana no siento nada. 


¿Significa eso que no soy dueña de mi juicio?


Me pregunto si el desorden es provocado por un cúmulo de cosas o si le gusta llegar de imprevisto.
Si se presenta tarde, con una excusa que apesta a alcohol.


¿Por qué este teclado me enfría la mente?


Me pregunto tantas cosas que pierdo la capacidad de responder a la más simple.


¿Cuándo dejó de importar?


7 de Noviembre:

Me gustaría contarte que recuerdo la primera vez que escuché tu nombre, la primera palabra con la que te me dirigiste. De veras, te prometo que me encantaría. Pero no lo recuerdo. ¿Sabes? Siempre pensé que no olvidaría esas primeras veces; esas que nos muestran las películas con un filtro suave y a cámara lenta. Pero lo olvidé y lo siento. ¿Me perdonas? Sé que tú sí lo recuerdas, ¿cómo podrías olvidarlo? (Me doy cuenta de que repito mucho las palabras, es algo que se me ha dado muy mal siempre... Siempre. ¿Ves? Estoy intentando mejorar, pero creo que hay cosas que merece la pena decirlas muy seguido, como: "Hoy hace un día de piscina", "¡Estoy en casa!" o "Siempre". Vaya un paréntesis más largo... Prosigo.) Por eso me gustas tanto, te crees demasiado las películas. Así que, la próxima vez que nos veamos prométeme que me contarás esa historia. O la que tú quieras. Quiero escuchar tu voz y mirarte. Mirarte como se miran en las películas, hasta que nos aborrezcamos. Qué infravalorado está el aborrecerse, cuando hay muy pocas cosas que sean tan bonitas... Ojalá te tuviera tanto.
Aquí hace frío últimamente, pero estoy bien. Supongo que cuando ves gente a tu alrededor con... O más bien, cuando dejas de verla, aprendes a olvidar el frío. Pero a veces vuelve, de repente. Entonces pienso en los días de piscina, en tu vestido azul... Y te juro que desaparece. Me da miedo que tengas tanto efecto sobre mí. Pero temo aún más lo contrario, por si... ya sabes.
Hoy solo es un día más que tachar en el calendario.


Siempre tuyo, 

S.

Tú, que me describiste tantos sueños.

- Todos necesitamos ser rescatados alguna vez, incluso tú, que te aferras a esos conceptos que me suenan tan lejanos, que resultas impasible. Que ni sientes, ni padeces. Que resuelves rompecabezas. Que olvidas. Que me recuerdas. Incluso tú, que siempre fuiste el que me contaba cuentos, que despertaste en mí tantas cosas... 
 Y ahora... cada día estás más entre las nubes.
 Tú, que vives en más mundos de los que están escritos, que nunca has sido de 'ojalá que no hubiera...'. Incluso tú, cuyos susurros llegan más lejos que cualquier grito, cuyo silencio hiere más que cualquier corte.
 Y yo, aunque mi armadura siempre brillará menos, aunque mis historias no tendrán tantos matices... A pesar de que me sigue(s) dando el mismo vértigo; esta vez quiero ser yo la que te haga despertar. - Y te abracé... te abracé tan fuerte para que fueras a donde fueras, siempre soñaras conmigo.

"Dejar huella en alguien y que te la devuelva"

En ocasiones se olvida lo importante que son los años, las pisadas; gateos o zancadas según el momento. Vamos a descompás. Así dejamos más huella y caminamos haciendo estruendo, para ver si siguen nuestro paso. Nos adelantamos sin tener hora de destino. Y llegamos, aunque sea descalzos, subrayando nuestra existencia con algún rotulador indeleble. 
El mundo es más de los impacientes de lo que ha sido nunca (siempre he pensado que los impacientes no tienen límites a los que atenerse).

Y luego, seguimos destacando, pero de forma diferente a la que solíamos hacerlo. Arrastramos los zapatos de piel de cocodrilo, como lo hacen los lagartos. Siseamos. Y nuestras pisadas se ralentizan y se hacen sosegadas. 
Como si así engañáramos a alguien, cuando seguimos siendo aún menos pacientes de lo que presumíamos ser antes.

¿No te has sentido alguna vez un poco adelantado? Como si fueras a más de 120km/h en autovía. Si te das cuenta, date la vuelta. Creo que -quizá no siempre, pero la mayoría de las veces- es mejor andar en compañía, a compás.
Aunque para ello tengas que cambiar tu ritmo.

Y si nos demoramos en el camino más tiempo tenemos para dejar huella, sea por la razón que sea. Así, si te pierdes siempre sabrás volver a tus pisadas.