Siendo tan eterno este momento...

A veces mi vida es como una película de ficción que ni yo misma soy capaz de creer. ¿A veces? Ilusa. A veces rebusco y enredo mil pensamientos que no existen, que jamás se han formulado. ¿A veces? Estúpida. A veces sueño con abrazos y gestos de personas que no han llegado, que no llegarán. ¿A veces? Ingenua. Y a veces me siento entumecida al despertar y comprobar que nada ha sucedido, que todo sigue igual que como lo dejé antes de adentrarme en mis sueños. ¿A veces? Patética. 
Y ya van tantas, tantas veces... que me aterra pensar en cómo será la siguiente.
Pero, en otras ocasiones sí que llegan los gestos y las risas, sí que bailamos con más ritmo que el mejor batería (o con menos que el corazón más arrítmico). Esperamos y hacemos esperar al amor, nos quemamos por él y celebramos. ¿Celebrar qué? Cualquier cosa, cualquiera que me sirva de pretexto para bailar a vuestro lado.


Siendo tan pequeño el universo, ¿cómo pudisteis caber allí?

A quemarropa.

Todo pasó en un segundo. Un segundo en el que Brain podría haber estado ajustándose su anillo del dedo anular o tirando de los incipientes pelos de su barba rojiza. O quizá podría no haber estado haciendo absolutamente nada. Sin embargo, ese segundo cambió su vida -y su muerte-. No fue un acto, como una sonrisa torcida, un roce o algún que otro flirteo. No. Fue el segundo en sí. El tiempo se adentró en él, como lo haría una mota de polvo inspirada por accidente. Como la luz que se cuela por las rendijas de una ventana y se refleja en tu piel aún dormida. Pero el segundo todavía no había pasado, excitado y risueño como un niño que juega con pompas de jabón, recorrió su cuerpo de cabo a rabo, sin vacilar ante las bifurcaciones de su interior. Pero el segundo todavía no había pasado, seguía circulando dentro de Brain, impregnando cada célula, cada mililitro de su sangre y cada recoveco. Y atravesó sus venas, acarició sus pulmones y descansó en su intestino delgado. Y ahí se paró. Pero el segundo todavía no había pasado, seguía rozando sus dedos, electrificando su vello y enrojeciendo sus mejillas. No se movió del estómago, pues pensaba que de allí surgían las buenas ideas -sobre todo las más ambiciosas- y decidió quedarse (al menos durante un segundo).
Ese segundo fue como un disparo a quemarropa, como una pregunta brusca.
Inesperado, impreciso, diferente.
Ajeno a todo lo que jamás había sentido.


Pero el segundo no había pasado... el segundo fue eterno.

Casi

Hoy he vuelto a ver esas sombras y esas formas imprecisas que tanto me fascinaban de niña. Ese algo que absorbe todo a su paso y hace que te dejes llevar y mecer. Yo casi me dejaría morir por ello. Casi.
Pero, ten cuidado con las sombras y las formas que imaginas. Advertencia por experiencia (de una experta en ser ensombrecida): tendrán más fuerza y atracción que la realidad.
Y si no, ¡ve buscándote otras sombras!

Apareces, te vas y vuelves.

Quizá la adversidad sea la que nos haga creer en la rutina. O tal vez es la rutina la que nos hace creer en la adversidad. O puede que nada de esto sea cierto. A lo mejor empezamos a creer en momentos únicos. En sentimientos que un día aparecen, otro se van y al siguiente vuelven. Pero nunca iguales. Nunca iguales. 
Nunca iguales...

Me haces falta

Ven. No hace falta que me expliques por qué sentimos frío, pero ven. No hace falta que ensayes previamente tus palabras, ni que me deslumbres con tus metáforas. Ven, ven, ven. Sólo necesito que seas tú, con tus deslices y tus desatinos. Con tus sombras y tus rayos de luna. Que apagues la luz y nos dejes a oscuras. A ti y a mí. A nosotros. A lo que pudimos, podemos y podremos ser. Así que llévate todos mis atisbos de luz, déjame sin corazón. Conviérteme en un monstruo marchito y sin amparo. Pero ven. Hazme olvidar todas las canciones que ya conocía y sorpréndeme con tu música, o con la música que sepamos hacer. No hace falta que cometas locuras y que finjas ser lo que nunca has sido. Ni que finjamos ser lo que nunca seremos. Porque todo entre tú y yo se ve mejor a oscuras. No somos nada. No se aprecian los mecanismos, ni los engranajes que complican tu ya enrevesada forma de pensar. Y si así puedo llegar a ti, puedo conocer cada centímetro, cada mirada, cada expresión de dolor... Ven, ven, ven.
No hace falta que me descifres, ni que me desnudes, ni que aparezca en tu poesía. Sólo necesito que este aire gris que me está envolviendo adquiera un color que merezca la pena: blanco o negro. Que estoy cansada de perderme a la deriva de un mar sin olas, de andar en una isla que nadie conoce. Me estoy aburriendo de estos días sin emociones, sin sobresaltos. De estos días grises que te marcan más que cualquier destello o penumbra. De esta nada que me ahoga si tú no estás. Si tú no estas... 
Y lo peor es que no sueles estar y esta dependencia de ti me está asfixiando más que cualquier día apagado o plomizo. ¿Por qué apareciste? Dímelo. Si era para algo más que alejarme de esta monotonía, dímelo. Porque ahora la rutina son las tardes grises en las que te ausentas. No hace falta que vuelvas si esta vez no te quedas. No, no, no... Ven... Aunque sólo sean unos segundos... Sí hace falta. Sí lo hace. Ven y hazme falta cuando te vayas. 

Vivo

A veces me veo a mí misma, desde el exterior, como si estuviera rememorando un recuerdo. Solo que no lo es y está pasando en realidad. Me miro y dudo de mi propio reflejo. Y justamente en ese instante es cuando más siento y percibo todo. Se me eriza la piel y mis pulsaciones se disparan. Entonces me pregunto si alguien lo ha sentido alguna vez o si soy la única. Y si lo soy, ¿significa que cada persona experimenta una serie de sensaciones que nadie más nota? 
Se me eriza la piel...
Como si de solo pensarlo todo adquiriera un sentido diferente. Más completo. Más utópico, al fin y al cabo.
Más... vivo.

La cara hermética de la Luna

Has despertado ciertas cosas en mí (enhorabuena, no mucha gente lo ha conseguido) y no sé si podré dormir sin pensar en ti de nuevo (¿premio o carga? Corre, elige rápido). 
Has despertado una inquietud por vivir (gracias) y has logrado tantas, tantas cosas sin ni siquiera esforzarte (que me asusta pensar en cómo me harías sentir si fueras consciente de ello)...
Y lo haces ver tan simple, tan sencillo... Tan tú (cuando te ríes) y tan poco tú (cuando nadie te ve). Cuando cierras la puerta, apoyas tu espalda y no rompes a llorar. 
Quien está roto no puede hacerse añicos por esos sentimientos. 
No.
No puede.
No puedes.

Sobre hojas secas

Me gusta pensar que cuando las hojas sin vida caen temblando de los árboles no es por las estaciones. Me gusta pensar que significa otra cosa. Quizá en ocasiones nos intentan hacer un guiño, un "sé por lo que estás pasando". Y si tienes suerte ves cómo se las lleva el viento. Arriba. Más arriba. Al lugar donde todos hemos querido volar alguna vez.

El fin de semana que no paró de llover

Perdona si te he rasgado alguna vez,
      aunque solo fueran unos milímetros.
Perdóname, pero no olvides. 
      Vacíame el interior...
            Escárbame por dentro...
Pero espero que no encuentres nada,
      nada que seas capaz de olvidar.
Igual que este fin de semana,
      que no paró de llover.
No lo olvides... no lo olvides...
      Ni lo recuerdes demasiado.
Tenlo ahí, en la mesita de noche.
      Presente y ausente.
            Convaleciente.
Intenta no besarle cuando le veas,
      cuando le recuerdes.
Y después de este fin de semana,
      que no paró de llover,
            espero que no te llueva nunca más.
 Encuentra a otros culpables
      que te hagan sentir bien,
            que den calor a tus huesos húmedos.

Empapados por la lluvia de este fin de semana.