i hate to bring up this topic
it's quite a secret of mine
there's this smell i'm starting to like
when not so long ago
just a sip of it
used to make me cry
i mean, if i'm honest
my inner self knows it reeks
it's purely objective, a fact, the universal truth
that just a drag will cloud your eyes
and make you gag
and it would be so easy to blame so many people
i'm looking at you dad
but that would be running away
so yeah, let's do that
i blame you, dad
maybe if you hadn't smoked
since pretty much i was alive
i would smell that awful smell
and not link it to your hugs
i blame you, friend that gave me
that first cigar
why don't just try?
we're all gonna die, anyway
i blame you, all those movies i've watched
where all the pretty girls smoked
i blame you, being cold outside a club
and this is quite self-explanatory
i blame you, all the terraces in the universe
i blame you, that fourth glass of beer
i blame you, playing music in the park
i blame you, smoking grass
i blame you, not holding back
i blame you, my cloudy mind
and i blame you, being too tired to give a damn
that chino at 3 am
its smell on your hands
that final breath
and making stupid excuses to forgive myself
Mostrando entradas con la etiqueta Vacío. Mostrar todas las entradas
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manos de agua
miro hacia atrás
como si no hubiera nubes
el ahora me empuja
con sus manos de agua
trepa desde el ombligo
se asienta
en el centro del pecho
como una aguja
la hierba me mece
clavándome en el techo
las manos se preguntan
dónde estoy
como si no hubiera nubes
el ahora me empuja
con sus manos de agua
trepa desde el ombligo
se asienta
en el centro del pecho
como una aguja
la hierba me mece
clavándome en el techo
las manos se preguntan
dónde estoy
never mine
lately i’ve been having the weirdest dreams
well
they’re actually not that weird
they just seem so vivid
so real
it’s hard to wake up and think there’s something else
first
i always see my face
my eyes
my mouth
or at least
i think they’re mine
i think it’s me
and then it’d be the nose
the hair, the hands, the heart
that can’t help but change
into someone else’s
i don’t really know
it seems my defenses
are always off
and open to other’s arms
they don’t know me at all
or who knows?
maybe they do
and they love the look in my face
when it’s full of regret
when it fades away
like the smoke of a cigarette
that it’s never mine
lately i’ve been having the weirdest dreams
well
they’re actually not that weird
they just stick in my head
as they cling me to bed
and i can’t help but feel
i won’t know the person that smiles to the mirror
well
they’re actually not that weird
they just seem so vivid
so real
it’s hard to wake up and think there’s something else
first
i always see my face
my eyes
my mouth
or at least
i think they’re mine
i think it’s me
and then it’d be the nose
the hair, the hands, the heart
that can’t help but change
into someone else’s
i don’t really know
it seems my defenses
are always off
and open to other’s arms
they don’t know me at all
or who knows?
maybe they do
and they love the look in my face
when it’s full of regret
when it fades away
like the smoke of a cigarette
that it’s never mine
lately i’ve been having the weirdest dreams
well
they’re actually not that weird
they just stick in my head
as they cling me to bed
and i can’t help but feel
i won’t know the person that smiles to the mirror
the mirror
it's like wearing a stranger's skin
begging for a little warmth
fading in your foul breath
of course
it's not easy to
see yourself in others' eyes
and fail to grin at the mirror
but you understand, right
it's like standing naked
under your own veil
loneliness, that is
begging for a little warmth
fading in your foul breath
of course
it's not easy to
see yourself in others' eyes
and fail to grin at the mirror
but you understand, right
it's like standing naked
under your own veil
loneliness, that is
Un pozo que a veces mira al cielo
Muchas veces, los fines de semana, al despertar, me quedaba quieta en la cama durante unas horas. Empezaba a jugar con la vista, a enfocar y desenfocar las imágenes que se encontraban delante de mí. Miraba las paredes imaginando formas, figuras en el gotelé. Mi actividad favorita era cerrar los ojos, frotármelos, y empezar a descomponer los colores borrosos que aparecían al mirar fijamente una luz. Más tarde aprendí que se llamaban fosfenos, pero en esos momentos eran un misterio para mí, algo nuevo que flotaba en mi mente. Y me fascinaba descubrir que cuanto más te concentrases en los colores, en las formas, más precisos se volvían, más moldeables. Los podías definir, volverlos imágenes casi nítidas, casi verdaderas. Y tal vez fuese eso lo que más me atraía, que fuesen inacabadas, nublas. Imperfectas.
Fue entonces cuando empecé a sentir algo nuevo. Algo que ni siquiera podía entender del todo. Un agujero en el pecho, que latía débilmente. Un agujero que siempre había estado ahí, pero era tan tímido que nunca se había atrevido a silenciar mis otros pensamientos, a interrumpir otras sensaciones y abrirse paso. Sutil y paciente, solo quería hacerme notar su presencia, decirme que un día podía llegar a llenarse.
Quizá el día que sintiese que podría abrirme a alguien y hablar de tabúes sin cuándos, dóndes y de mil maneras. Hablar de los colores que vemos al cerrar los ojos, de los agujeros que van surgiendo poco a poco para llenarse en un futuro.
Aunque lo que no sabía, la noche que intenté llenarlos por primera vez, es que con la misma facilidad que te completan, te vacían sin dudarlo tan siquiera un segundo. Se duplican y a veces te hacen sentir que no hay espacio para nada más. Y solo eres una serie de agujeros por los que no puede ni pasar el aire.
Y cuando eso ocurre, cierro los ojos. Y respiro. Intento llenarme de esos colores.
Fue entonces cuando empecé a sentir algo nuevo. Algo que ni siquiera podía entender del todo. Un agujero en el pecho, que latía débilmente. Un agujero que siempre había estado ahí, pero era tan tímido que nunca se había atrevido a silenciar mis otros pensamientos, a interrumpir otras sensaciones y abrirse paso. Sutil y paciente, solo quería hacerme notar su presencia, decirme que un día podía llegar a llenarse.
Quizá el día que sintiese que podría abrirme a alguien y hablar de tabúes sin cuándos, dóndes y de mil maneras. Hablar de los colores que vemos al cerrar los ojos, de los agujeros que van surgiendo poco a poco para llenarse en un futuro.
Aunque lo que no sabía, la noche que intenté llenarlos por primera vez, es que con la misma facilidad que te completan, te vacían sin dudarlo tan siquiera un segundo. Se duplican y a veces te hacen sentir que no hay espacio para nada más. Y solo eres una serie de agujeros por los que no puede ni pasar el aire.
Y cuando eso ocurre, cierro los ojos. Y respiro. Intento llenarme de esos colores.
No.
Me encontré con sus ojos, cómplices. O tal vez ellos me encontraron a mí. Tal vez ya lo sabían antes de estudiar cada surco, cada matiz de su reflejo. Sin dejar de contemplarse y a tientas, buscó mis manos, trazó círculos sobre mis uñas. Creo que fue entonces cuando fui consciente de lo que escondían. De lo que no estaba oculto en absoluto. No. Nunca lo estuvo.
Y sabía que había estado esperándome. Que desde hacía más tiempo de lo que quiero imaginar se reconoció en mis ojos. En la manera en la que a veces se pierden. En el camino que recorren por inercia. En esos puntos en los que se quedan clavados, sin querer.
Y por fin pude verme en los suyos. Pude identificarme en la mueca de sus labios, en las pausas reiteradas de su voz. Era como si, tan solo al rozar la superficie, borrase los colores, las formas que nunca habían existido. Como si todo lo que dejaran atrás fuera un espejo.
Y sabía que había estado esperándome. Que desde hacía más tiempo de lo que quiero imaginar se reconoció en mis ojos. En la manera en la que a veces se pierden. En el camino que recorren por inercia. En esos puntos en los que se quedan clavados, sin querer.
Y por fin pude verme en los suyos. Pude identificarme en la mueca de sus labios, en las pausas reiteradas de su voz. Era como si, tan solo al rozar la superficie, borrase los colores, las formas que nunca habían existido. Como si todo lo que dejaran atrás fuera un espejo.
They fed us on little white lies
She was looking at nothing. Eyes lost on the infinite shapes of the wall. Her mind wandering in the least favourite place of her brain.
Suddenly, a cold breeze kissed her cheeks and nose, uncovered by the duvet, waking her up from the slumber. She grinned at a memory.
Suddenly, a cold breeze kissed her cheeks and nose, uncovered by the duvet, waking her up from the slumber. She grinned at a memory.
"When I was a kid I used to spend hours looking at it. I could see anything."
"It?"
"The wall. I could picture a thousand different images. The whole world fitted in my room."
"Not anymore?"
"And my eyes were always opened. Imagine what I could see when they were closed".
"What was your favourite thing to imagine?"
"But it's like if the gaps were now filling themselves with existing images, my own memories blocking the path".
"Do you miss it?"
She faced her again and gently touched her lips. She knew she had been broken before.
"It's a fading feeling. Only a distant ache for something you could never truly grasp."
Siempre se me olvida quitarte el pintalabios
Primero aparece una imagen. Y luego otra. Pero ninguna esconde los mismos pensamientos, ninguna revela todo lo que siento. Es como si todas ellas supieran a quién van a desvelar sus secretos. Como si todas supieran que no merece la pena añadir todos los matices si no soy capaz de verlos. Y no puedo siquiera reinterpretarme cuando la vista me engaña, si el lenguaje inventa palabras que no entiendo.
Sé que debo evitar el consuelo de fundir las imágenes en un torrente de escenas, de intentar olvidar que estoy olvidando, de inundar letras con risas enlatadas. Al fin y al cabo, la mentira se esfuma al día siguiente, cuando como siempre me susurras la verdad. Y es que eres el único que se atreve a ser sincero. El único que, con tu aliento, me describe las formas que difuminé a conciencia, atrapa los engaños que endoso al futuro. Solo tú traduces las palabras que yo misma había cifrado: no puedo perdonarme por perdonarte, lo siento.
Sé que debo evitar el consuelo de fundir las imágenes en un torrente de escenas, de intentar olvidar que estoy olvidando, de inundar letras con risas enlatadas. Al fin y al cabo, la mentira se esfuma al día siguiente, cuando como siempre me susurras la verdad. Y es que eres el único que se atreve a ser sincero. El único que, con tu aliento, me describe las formas que difuminé a conciencia, atrapa los engaños que endoso al futuro. Solo tú traduces las palabras que yo misma había cifrado: no puedo perdonarme por perdonarte, lo siento.
(No)
Recuerdo que tenía dos macetas en su balcón. Tenían el nombre de algún famoso vacío que, con certeza, forma parte de los Papeles de Panamá.
Una era roja y siempre se alzaba. La otra era blanca y no olía a nada.
A veces se le olvidaba regarlas.
Hoy, como muchas otras cosas, las macetas se han ido.
Espera... ¿estamos hablando de flores?
Una era roja y siempre se alzaba. La otra era blanca y no olía a nada.
A veces se le olvidaba regarlas.
Hoy, como muchas otras cosas, las macetas se han ido.
Espera... ¿estamos hablando de flores?
¿Dónde estás?
Llevaba un tiempo en silencio y cuando notó mi mirada clavada en su nuca, se sobresaltó. Alzó la cabeza en mi dirección y, al incorporarse, se sacudió las manos en los pantalones. Empezó a pasear en círculos, mascullando algo incomprensible y masajeándose los dedos, una y otra vez. Recuerdo que tenía algunas hojas enredadas en el pelo, pero no parecía darse cuenta. Mi cuerpo, hasta entonces inmóvil, se dejó apoyar en el tronco, bajo la sombra, y el suyo, de repente, se volvió quieto. Se alejó de mí, dándome la espalda y dejó que el sol bañara sus párpados, cerrados. Tras un suspiro, esta vez habló en voz alta, sin contenerse.
- Fuerzas los músculos, pero no responden. Tus labios se arquean de la forma más patética, pero no se abren. - se giró en mi dirección y, ante mi desconcierto, me miró con dulzura, como quien mira a un niño que todavía no sabe nada del mundo, y dijo con más suavidad - Inspiras y el aire no llega. Intentas reconocer el espacio que ocupa cada uno de tus miembros, pero no logras identificarlo.Y la presión que hay en tu pecho entorpece cada vez más la respiración. ¿Te ha pasado alguna vez? - centró sus ojos en los míos con una intensidad que me hacía sentir que mi cuerpo decrecía por segundos y cada vez se volvía más y más pequeño, hasta convertirse en una hormiga que escalaba por la palma de su mano, por sus hombros y descansaba en su mejilla. Desde allí, sus ojos de hielo me miraban, al borde de derretirse, arrastrarme en su marea y llenar mis pulmones de su sal. Creo que fue en ese momento cuando empecé a saber a qué se refería, qué ocultaban sus palabras. Asentí y, al apartar la mirada, recuperé mi tamaño original. - Todo lo que te rodea se vuelve borroso y la voz que se pregunta «¿Dónde estás?» se apaga, poco a poco. Y... - enmudeció de pronto, intentado elaborar las frases en su mente para que se correspondieran con la realidad; algo que sabía, por experiencia, que no iba a ocurrir. Se sentó de nuevo, apoyando la espalda en el árbol, junto a mí y, por el movimiento, una de las hojas de su peló cayó en sus piernas, arqueadas. Empezó a partir la hoja hasta que los trozos se volvieron demasiado pequeños y continuó. - Te juro que no puedo reconocer mi voz. No puedo sentir mi acento, ni si mi timbre se vuelve más agudo al final de cada frase. ¿Siempre fue todo así, tan... carente de sentido? - sus pupilas, por una vez, se posaron en las mías con necesidad, ardientes, esperando una respuesta. Quería decirle que yo sí identificaba su voz, que notaba el contacto de sus hombros con los míos, que yo sabía dónde estaba.
Sentí como mis músculos querían moverse, sin resultado alguno. Sentí como mis labios luchaban por abrirse, pero no lo consiguieron. Desconocía dónde se encontraba mi cuerpo y la presión sobre mi pecho me impedía respirar. Y mi voz... mi voz dejó de ser la mía.
Y, al cerrar los ojos, sin embargo, seguía notando su presencia, bajo la sombra del árbol. Miré en su dirección y sabía que estaba allí. Estábamos allí.
- Fuerzas los músculos, pero no responden. Tus labios se arquean de la forma más patética, pero no se abren. - se giró en mi dirección y, ante mi desconcierto, me miró con dulzura, como quien mira a un niño que todavía no sabe nada del mundo, y dijo con más suavidad - Inspiras y el aire no llega. Intentas reconocer el espacio que ocupa cada uno de tus miembros, pero no logras identificarlo.Y la presión que hay en tu pecho entorpece cada vez más la respiración. ¿Te ha pasado alguna vez? - centró sus ojos en los míos con una intensidad que me hacía sentir que mi cuerpo decrecía por segundos y cada vez se volvía más y más pequeño, hasta convertirse en una hormiga que escalaba por la palma de su mano, por sus hombros y descansaba en su mejilla. Desde allí, sus ojos de hielo me miraban, al borde de derretirse, arrastrarme en su marea y llenar mis pulmones de su sal. Creo que fue en ese momento cuando empecé a saber a qué se refería, qué ocultaban sus palabras. Asentí y, al apartar la mirada, recuperé mi tamaño original. - Todo lo que te rodea se vuelve borroso y la voz que se pregunta «¿Dónde estás?» se apaga, poco a poco. Y... - enmudeció de pronto, intentado elaborar las frases en su mente para que se correspondieran con la realidad; algo que sabía, por experiencia, que no iba a ocurrir. Se sentó de nuevo, apoyando la espalda en el árbol, junto a mí y, por el movimiento, una de las hojas de su peló cayó en sus piernas, arqueadas. Empezó a partir la hoja hasta que los trozos se volvieron demasiado pequeños y continuó. - Te juro que no puedo reconocer mi voz. No puedo sentir mi acento, ni si mi timbre se vuelve más agudo al final de cada frase. ¿Siempre fue todo así, tan... carente de sentido? - sus pupilas, por una vez, se posaron en las mías con necesidad, ardientes, esperando una respuesta. Quería decirle que yo sí identificaba su voz, que notaba el contacto de sus hombros con los míos, que yo sabía dónde estaba.
Sentí como mis músculos querían moverse, sin resultado alguno. Sentí como mis labios luchaban por abrirse, pero no lo consiguieron. Desconocía dónde se encontraba mi cuerpo y la presión sobre mi pecho me impedía respirar. Y mi voz... mi voz dejó de ser la mía.
Y, al cerrar los ojos, sin embargo, seguía notando su presencia, bajo la sombra del árbol. Miré en su dirección y sabía que estaba allí. Estábamos allí.
El reflejo
- A veces noto cómo los sentimientos se me escapan y no puedo hacer nada para agarrarlos, para retenerlos en mi mente. Sobre todo los que no logro a entender, los que me resultan imposibles de descifrar. Huyen, completos desconocidos. Y siento que llevo una vida malgastando oportunidades para conocerme a mí misma, para dar nombre a mis recuerdos. (Silencio) Perdón, esto es un poco estúpido, ¿verdad? Pero precisamente ahora, creo que estoy bastante cerca, que empiezo a entender algo... aunque me da miedo pensar que eso signifique que estoy dejando algo atrás, que estoy olvidando, ¿sabes? (Intenta hablar, pero las palabras no salen de su boca). No hace falta que digas nada, me basta con que estés aquí, mirándome. Creo que no hay nada mejor que ser escuchado, y sí, sé que tú piensas lo contrario, que lo tuyo es escuchar, pero no puedo evitar sentirme así, con una extraña calidez que me sacude de pies a cabeza cuando me doy cuenta de que mis palabras significan algo para alguien. ¿No te resulta raro oírme balbucear constantemente, mientras que tú solo asientes en silencio? (Sonríe) A mí ya no, estoy totalmente acostumbrada, te lo juro. (Concentra sus ojos en los suyos, y tras una eterna espera, suspira y contempla atentamente cómo sus manos arrancan la hierba, sin darse cuenta). Lo que quería decir, en realidad, es que me asusta la idea de olvidar cuáles son mis sentimientos en este momento. Que dentro de siete años, si es que nos recuerdo, aquí y ahora, no sepa qué rondaba por mi cabeza, qué sentía. Que vea mi cara y sea la de una extraña con la que no me identifico. Aunque, supongo que lo peor no sería eso. Lo que realmente me aterra es encontrarme con mi reflejo y no sentir nada... (Se miran de nuevo, pero esta vez llega a verse en sus ojos, sonriendo. De repente, percibe cómo el silencio se amolda y cambia de forma. Empieza a percatarse del sonido del viento en el césped y las ramas, de las voces de unos niños que juegan, a lo lejos, y del olor de los naranjos que se mecen a su alrededor. Se esconde el pelo detrás de las orejas y se deja caer sobre la hierba, casi acariciándola). ¿Sabes qué? En realidad, no importa.
Ahoj
Es como tener dos piezas de distinta forma entre las manos.
Puedes tocarlas.
Puedes verlas.
Pero no sabes de qué color son y qué formas siguen. Si se curvan en las aristas, si se entrelazan en los extremos, si los bordes se clavan.
Es como salir de la habitación solo con el pie izquierdo.
Empiezas a oler a nuevo.
El aire viciado te golpea en la nuca.
Pero no puedes cerrar del todo la puerta. Y la luz de la habitación se extiende hacia el pasillo. Hasta todo lo que alcanza tu vista.
Es como soñar en un idioma que no conoces.
Las palabras nacen de tu boca.
Y tu propia fluidez te paraliza.
Pero desde el principio era tu propia lengua. Y descubres que en realidad no sabes nada.
Puedes tocarlas.
Puedes verlas.
Pero no sabes de qué color son y qué formas siguen. Si se curvan en las aristas, si se entrelazan en los extremos, si los bordes se clavan.
Es como salir de la habitación solo con el pie izquierdo.
Empiezas a oler a nuevo.
El aire viciado te golpea en la nuca.
Pero no puedes cerrar del todo la puerta. Y la luz de la habitación se extiende hacia el pasillo. Hasta todo lo que alcanza tu vista.
Es como soñar en un idioma que no conoces.
Las palabras nacen de tu boca.
Y tu propia fluidez te paraliza.
Pero desde el principio era tu propia lengua. Y descubres que en realidad no sabes nada.
Todo lo que has creado no significa nada.
La voz
De la realidad ajena, en el vacío,
Veo, sin quererlo, una luz yerma
Y, cegada por su brillo,
Escondo mi figura incierta.
Y tras esa manta helada, finjo dormir,
Con la mirada apagada y los labios entreabiertos;
Y sonrío en el sueño y en la verdad me enciendo,
Y susurro canciones que las mantas silencian;
Y los sonidos, a veces, se van tras el viento,
Y por seguir su recorrido la salida se sella.
Pero el recuerdo palpita, y de la noche discierno:
Veo, sin quererlo, una luz yerma
Y, cegada por su brillo,
Escondo mi figura incierta.
Y tras esa manta helada, finjo dormir,
Con la mirada apagada y los labios entreabiertos;
Y sonrío en el sueño y en la verdad me enciendo,
Y susurro canciones que las mantas silencian;
Y los sonidos, a veces, se van tras el viento,
Y por seguir su recorrido la salida se sella.
Pero el recuerdo palpita, y de la noche discierno:
«Llegan más lejos las palabras de los que saben cuándo cerrar los ojos».
Nada más
Parecía que mi corazón me iba a salir despedido por la boca. Estábamos tan cerca que podía sentir como se erizaba su piel. Y aunque evitaba por todos los medios reconocerlo, me gustaba esa proximidad. Sentir cómo la presión del momento le hacía temblar cada hueso de su cuerpo, cómo el contacto de nuestros dedos me hacía sentir frío, mucho frío, pero a su vez una reconfortante calidez que me traspasaba el esófago.
Yo siempre había sido un poco lenta, o tal vez eran los demás, que eran demasiado rápidos. No estoy segura. Sólo sé que una parte de mí sentía vértigo de pensar en lo que estaba a punto de ocurrir. O quizá era auténtico pánico, no lo sé.
Recuerdo que era de noche y quiso acompañarme. Y eso que nunca había sido, precisamente, un caballero. La verdad es que ni siquiera se esperó a llevarme a casa.
- ¿Quién empieza? - preguntó, dando a entender lo que ya iba a suceder.
- No lo sé. Me da vergüenza. - dije en un susurro.
Cerré los ojos, y tras una oscura espera que creí eterna, sentí unos labios sobre mí. También noté humedad y torpeza. Nada más. De repente, la calidez en mi vientre desapareció. Y me entraron ganas de palpar mi abdomen, de preguntarle por ella...
Entonces comprendí que nunca había querido estar allí, que yo la había obligado, por miedo a ser demasiado lenta. Por temor a no vivir esa experiencia.
Al llegar a mi puerta, nos despedimos y, antes de entrar, me quité los restos de su saliva con la mano.
Y nada más.
Yo siempre había sido un poco lenta, o tal vez eran los demás, que eran demasiado rápidos. No estoy segura. Sólo sé que una parte de mí sentía vértigo de pensar en lo que estaba a punto de ocurrir. O quizá era auténtico pánico, no lo sé.
Recuerdo que era de noche y quiso acompañarme. Y eso que nunca había sido, precisamente, un caballero. La verdad es que ni siquiera se esperó a llevarme a casa.
- ¿Quién empieza? - preguntó, dando a entender lo que ya iba a suceder.
- No lo sé. Me da vergüenza. - dije en un susurro.
Cerré los ojos, y tras una oscura espera que creí eterna, sentí unos labios sobre mí. También noté humedad y torpeza. Nada más. De repente, la calidez en mi vientre desapareció. Y me entraron ganas de palpar mi abdomen, de preguntarle por ella...
Entonces comprendí que nunca había querido estar allí, que yo la había obligado, por miedo a ser demasiado lenta. Por temor a no vivir esa experiencia.
Al llegar a mi puerta, nos despedimos y, antes de entrar, me quité los restos de su saliva con la mano.
Y nada más.
Aire
Tal vez tenga mil sentimientos nuevos en mi interior. Pero todos tienen el mismo color y no sé distinguirlos unos de otros. Todos se mueven de la misma forma y van al mismo sitio. Todos huelen como la humedad del aire. Tienen el tacto de algo que se desliza por tus dedos y se precipita al vacío.
Y tengo la sensación de que van a desaparecer en cualquier momento, que cuando abra los ojos no podré verlos. Que nunca sabré qué quieren decirme.
Romper el cristal
Hay un cristal. Creo que hay un cristal. No sé exactamente dónde está, ni lo he visto ninguna vez. Pero sí, algo dentro de mí sabe que existe. Tampoco conozco su grosor ni su resistencia. No sé si alguna vez podré rozarlo con los dedos o echarle el aliento y dibujar sobre él imágenes que haya soñado, figuras que pinto automáticamente sobre cualquier papel. Creo que soy incapaz de verlo porque se extiende sobre todo lo que conozco, sobre todo lo que se posa ante mis ojos. Y me impide llegar a tocar nada, a sentir nada. A lograr a ser parte de algo. A sentir que soy un componente del mundo. A rellenar el vacío.
En ocasiones siento cómo se ensancha, cómo me separa aún más de la realidad. Y, en ese instante, me veo reflejada en él, veo mi rostro sobre su superficie preguntándose cuántos kilómetros va a abarcar el cristal, cuánta distancia me aísla del mundo. Cuándo se va a romper.
Y sí, hay momentos en los que siento cómo se resquebraja, cómo se llena de agujeros, cómo se llena mi interior del aire más limpio que me ha rodeado nunca... E intento aferrarme a esa experiencia, intento que lo más profundo de mi alma se ilumine por esa luz tan nueva, tan brillante, tan genuina.
Y te juro que logro creérmelo, que consigo, aunque solo sea durante los pocos segundos en los que me miras, que el cristal desaparezca. Consigo que seas parte de mí.
En ocasiones siento cómo se ensancha, cómo me separa aún más de la realidad. Y, en ese instante, me veo reflejada en él, veo mi rostro sobre su superficie preguntándose cuántos kilómetros va a abarcar el cristal, cuánta distancia me aísla del mundo. Cuándo se va a romper.
Y sí, hay momentos en los que siento cómo se resquebraja, cómo se llena de agujeros, cómo se llena mi interior del aire más limpio que me ha rodeado nunca... E intento aferrarme a esa experiencia, intento que lo más profundo de mi alma se ilumine por esa luz tan nueva, tan brillante, tan genuina.
Y te juro que logro creérmelo, que consigo, aunque solo sea durante los pocos segundos en los que me miras, que el cristal desaparezca. Consigo que seas parte de mí.
Un pozo que mira al Cielo
¿Por qué?
si retenemos todo lo que nadie tuvo
si descubrimos arte donde nadie lo advierte
si inspiramos con fuerza y sin motivo
¿Por qué?
si el vello no solo se eriza de frío
si dormimos hasta tarde cada tarde
si echamos de menos lo desconocido
¿Por qué?
si nos duele no ver amanecer
si el alma se consuela en cualquier calle oscura
si el viento acentúa nuestras pisadas
¿Por qué?
si nos vemos reflejados en pupilas
si sentimos la electricidad en las yemas de los dedos
si gritamos de auténtico éxtasis
Y si somos capaces de apreciar a los pájaros
de no temer a la finitud de la existencia
de aferrarnos a lo más inconcebible e insípido
Y si somos libres de sentir la sangre entre las uñas
de agarrar la piel de quien nos deslumbra
de caer con el corazón desgarrado al vacío
Y si somos expertos en maquillar el mundo
en pintar las tormentas de celeste
en imaginarnos por encima de esta bóveda
Y si somos ilusos por abrazar el pretérito
por buscar lo intrínseco en lo homogéneo
por fingir ser parte de un todo
¿Por qué?
si retenemos todo lo que nadie tuvo
si descubrimos arte donde nadie lo advierte
si inspiramos con fuerza y sin motivo
¿Por qué?
si el vello no solo se eriza de frío
si dormimos hasta tarde cada tarde
si echamos de menos lo desconocido
¿Por qué?
si nos duele no ver amanecer
si el alma se consuela en cualquier calle oscura
si el viento acentúa nuestras pisadas
¿Por qué?
si nos vemos reflejados en pupilas
si sentimos la electricidad en las yemas de los dedos
si gritamos de auténtico éxtasis
de no temer a la finitud de la existencia
de aferrarnos a lo más inconcebible e insípido
Y si somos libres de sentir la sangre entre las uñas
de agarrar la piel de quien nos deslumbra
de caer con el corazón desgarrado al vacío
Y si somos expertos en maquillar el mundo
en pintar las tormentas de celeste
en imaginarnos por encima de esta bóveda
Y si somos ilusos por abrazar el pretérito
por buscar lo intrínseco en lo homogéneo
por fingir ser parte de un todo
¿Por qué?
La flor de tu piel
Se despertó sobresaltada, acongojada de repente por la crueldad que bailaba en sus pesadillas. En sus sueños, una lágrima salpicaba una pupila sin brillo, marchita en unos ojos ciegos. Nacían estrellas opacas, atadas a un cielo mortecino. La agarraban manos sin pulso, prisioneras de carne fría y azul. Y la oscuridad no tenía límites; engullía las últimas palabras, los primeros besos, las lunas llenas, los cometas de agosto, las crisálidas y los ríos cristalinos.
Y su corazón, impasible.
Y su corazón, impasible.
Lágrimas de plata
Gotas de agua caen del cielo
y bañan las nubes de resquicios de plata.
Gotas de agua calman mi sed
y apaciguan el miedo
que no me atrevo a sentir.
La negrura engulle su brillo
y cae otra gota de plata.
La luz acaricia la piel
y la soledad se ahoga de vacío.
¿Por qué jamás va a tocarme
esa gota de agua?
¿Por qué jamás voy a arder
entre las ascuas del fuego?
«No te estremezcas» grito
ante esta anáfora que
jamás helará mi sangre:
llegamos y desaparecemos en silencio.
A oscuras.
y bañan las nubes de resquicios de plata.
Gotas de agua calman mi sed
y apaciguan el miedo
que no me atrevo a sentir.
La negrura engulle su brillo
y cae otra gota de plata.
La luz acaricia la piel
y la soledad se ahoga de vacío.
¿Por qué jamás va a tocarme
esa gota de agua?
¿Por qué jamás voy a arder
entre las ascuas del fuego?
«No te estremezcas» grito
ante esta anáfora que
jamás helará mi sangre:
llegamos y desaparecemos en silencio.
A oscuras.
Bóveda nocturna
las sombras sepultaron tu voluntad
se entremezclaron con el aire
que atravesaba tus pupilas vacías
y una voz queda maúlla
y una luna ya no brilla
quedan dos en tu bóveda nocturna
su órbita se estremece
su negrura adolece
y no encuentras ninguna cura
sale el sol y se iluminan
las promesas de unas sombras
que no pueden hablar
y te crees a salvo
y te ves temblando
sujeto de delirios
que no puedes ignorar
Iluso.
La noche no es su único escenario.
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