dreams have a knack of just not coming true

Cuando percibo mi situación, intento aferrarme al más cálido silencio, pero soy incapaz de hallarlo en alguna parte. Ni siquiera en el más tenue y oculto rincón. Mis ojos buscan desesperadamente una salida, pero mi yo más lógico y paciente sabe que es en vano. Que allí, aunque el neón ilumine la pista de baile con decenas de colores, la luz no va a hacer que brille mi piel... que allí, el frío no va a ser tan fácil de burlar.
Y una parte de mí cree que la única solución es cerrar los ojos y dejarse llevar, dejarse arrastrar por el sonido que retumba en mis oídos...
Pero no. Sé que eso me haría perderme a mí misma. Me haría desaparecer.

Y...

Me sorprendo a mí misma dibujando la imagen de una libélula grisácea, casi transparente. La inexistencia de su brillo me acongoja. ¿Dónde se oculta su intensidad, su color? ¿Y por qué, a pesar de su candor, se congelan sus alas?
Me pregunto si es ella o es mi mano. Si es su palidez o mi opacidad. Si son los pigmentos de mis pinturas, que han olvidado el concepto de literatura, o si es el arte en sí, que evita, receloso, que sus alas se desdibujen en el papel y decoren el aire.

Y, sin embargo, me asusta la idea de que lo consiga, de que huya de este cuaderno y no mire atrás, y... 
...y no pare a reflejarse en mis ojos.

Un pozo que mira al Cielo

¿Por qué? 
si retenemos todo lo que nadie tuvo
si descubrimos arte donde nadie lo advierte
si inspiramos con fuerza y sin motivo

¿Por qué? 
si el vello no solo se eriza de frío
si dormimos hasta tarde cada tarde
si echamos de menos lo desconocido

¿Por qué? 
si nos duele no ver amanecer
si el alma se consuela en cualquier calle oscura
si el viento acentúa nuestras pisadas

¿Por qué? 
si nos vemos reflejados en pupilas
si sentimos la electricidad en las yemas de los dedos
si gritamos de auténtico éxtasis

Y si somos capaces de apreciar a los pájaros
de no temer a la finitud de la existencia
de aferrarnos a lo más inconcebible e insípido

Y si somos libres de sentir la sangre entre las uñas
de agarrar la piel de quien nos deslumbra
de caer con el corazón desgarrado al vacío

Y si somos expertos en maquillar el mundo
en pintar las tormentas de celeste
en imaginarnos por encima de esta bóveda

Y si somos ilusos por abrazar el pretérito
por buscar lo intrínseco en lo homogéneo
por fingir ser parte de un todo

¿Por qué?


Otoño

Parece a salvo
abrazada a su tronco
pero desde las ramas
resurgen agujeros
frío
y se le evaporan los ojos
de pánico
de hierba que no pisará
de mundo que no verá
hojas caducas
y
viejos amigos que brotan

arrancando sus raíces

Desde mi ventana

Al alzarse, la persiana se queja
y me deja contemplar
un jardín sin dueño
un rastro de amapolas
una rama solitaria
y pájaros que caen víctima de los gatos

algunos gatos duermen
algunos gatos trepan
algunos gatos beben
algunos gatos se estiran
y solo un gato me mira
con unos ojos verdes
que huelen jazmines
y arrancan las alas de los gorriones...

...pero desde mi ventana
mis ojos vuelan por ellos

La flor de tu piel

Se despertó sobresaltada, acongojada de repente por la crueldad que bailaba en sus pesadillas. En sus sueños, una lágrima salpicaba una pupila sin brillo, marchita en unos ojos ciegos. Nacían estrellas opacas, atadas a un cielo mortecino. La agarraban manos sin pulso, prisioneras de carne fría y azul. Y la oscuridad no tenía límites; engullía las últimas palabras, los primeros besos, las lunas llenas, los cometas de agosto, las crisálidas y los ríos cristalinos.

Y su corazón, impasible.

Y fingir que sueño en tu pecho

no sé si eran las sábanas
o mis dedos los que acariciaban
no sé si era el estruendo
o el silencio el que se desvanecía
y no sé si era tu cama
tu habitación
tu tele
tu gato
tu colonia
tu voz
tu respiración


solo sé que eras tú,
que eres tú.

Cascadas de mirar

Eran nubes de fuego, mares de espuma, tormentas de estrellas, incendios de plata y cielos de luz. 

Eran jazmines violetas, puertos oscuros, arena húmeda y brumas
 vacías.

Eran violencia pura, despertar quieto y sueño olvidado.

Eran súplicas sin voz y melodías sin final.

Eran cascadas de mirar.

Eran.

Inocencia

Le aterraba desvestirse de su inocencia,
dejar explorar sus curvas cerradas,
y la penumbra sobre la piel.

Sus ojos abiertos no lograban ver
que eran otros los miedos que debían
arrancar de su alma las lágrimas.

Como el temor de no volver 
a fundirse en abrazos,
a susurrar en la noche,
a vaciar sus adentros.

Como el candor de creer
en la inmunidad de sus huesos,
en la coraza de su corazón,
en lo genuino de sus palabras.

Y cuando sangró la conciencia
por sus dulces engaños,
no quedó nada sobre su cuerpo.
Ni siquiera el miedo.

Lágrimas de plata

Gotas de agua caen del cielo
y bañan las nubes de resquicios de plata.
Gotas de agua calman mi sed
y apaciguan el miedo
que no me atrevo a sentir.
La negrura engulle su brillo
y cae otra gota de plata.
La luz acaricia la piel
y la soledad se ahoga de vacío.
¿Por qué jamás va a tocarme
esa gota de agua?
¿Por qué jamás voy a arder
entre las ascuas del fuego?
«No te estremezcas» grito
ante esta anáfora que
jamás helará mi sangre:
llegamos y desaparecemos en silencio.
A oscuras.