Y entonces, ¿cómo puedo encontrarme?

No creo que sea algo tan frío, tan calculador. No creo que sea algo que debas medir o pesar. Creo que es algo que simplemente fluye, que se desliza, que irrumpe. Creo que nunca está quieto, que siempre circula a tu alrededor esperando a que lo agarres, a que lo descubras escondido entre tu pelo, bajo tu ropa o detrás de tus orejas. Y cuando lo atrapas, lo sabes, y el pecho, de algún modo que desconozco, se agranda. Y todas las cosas que había dentro se encogen, dejan hueco a lo que está por llegar. Porque es tan grande que no se puede medir, es tan cálido que todo lo que tenías pensado decirle no lo describe en absoluto y te acomplejas por tu torpeza.

Y cuando busca aún más espacio y sientes cómo se adentra en tus pulmones, en tu esófago y en cada pequeña parte de tu cuerpo, es tan imponente que todas las palabras se vuelven inaudibles, indescifrables.

Y entonces, desaparece.

Y entonces, desapareces.

Nada más

Parecía que mi corazón me iba a salir despedido por la boca. Estábamos tan cerca que podía sentir como se erizaba su piel. Y aunque evitaba por todos los medios reconocerlo, me gustaba esa proximidad. Sentir cómo la presión del momento le hacía temblar cada hueso de su cuerpo, cómo el contacto de nuestros dedos me hacía sentir frío, mucho frío, pero a su vez una reconfortante calidez que me traspasaba el esófago.
Yo siempre había sido un poco lenta, o tal vez eran los demás, que eran demasiado rápidos. No estoy segura. Sólo sé que una parte de mí sentía vértigo de pensar en lo que estaba a punto de ocurrir. O quizá era auténtico pánico, no lo sé.
Recuerdo que era de noche y quiso acompañarme. Y eso que nunca había sido, precisamente, un caballero. La verdad es que ni siquiera se esperó a llevarme a casa.
- ¿Quién empieza? - preguntó, dando a entender lo que ya iba a suceder.
- No lo sé. Me da vergüenza. - dije en un susurro.
Cerré los ojos, y tras una oscura espera que creí eterna, sentí unos labios sobre mí. También noté humedad y torpeza. Nada más. De repente, la calidez en mi vientre desapareció. Y me entraron ganas de palpar mi abdomen, de preguntarle por ella...
Entonces comprendí que nunca había querido estar allí, que yo la había obligado, por miedo a ser demasiado lenta. Por temor a no vivir esa experiencia.
Al llegar a mi puerta, nos despedimos y, antes de entrar, me quité los restos de su saliva con la mano.
Y nada más.

Aire

Tal vez tenga mil sentimientos nuevos en mi interior. Pero todos tienen el mismo color y no sé distinguirlos unos de otros. Todos se mueven de la misma forma y van al mismo sitio. Todos huelen como la humedad del aire. Tienen el tacto de algo que se desliza por tus dedos y se precipita al vacío.
Y tengo la sensación de que van a desaparecer en cualquier momento, que cuando abra los ojos no podré verlos. Que nunca sabré qué quieren decirme.

Escribir

Pero no te preocupes, se me acaba pasando. Hasta vuelvo a hacerlo con más ganas que nunca.
Eso sí, nunca he sabido escribir historias. Solo soy capaz de agarrar un personaje y adentrarme en él. Describir sus miedos, sus pasiones, sus engaños, ignorando por completo su pasado, su presente y su futuro; sin conocer un ápice de su entorno y de su aspecto, de sus acciones o de su gesticulación. Solo me guío por sus posibles pensamientos, por las reflexiones que no ha contado nunca a nadie, por el modo en el que se quiebra su voz cuando su orgullo es vencido por la impotencia. Aunque no sé cuál es la causa o cuál será el desenlace. Pero, sin embargo, siento que en cierto modo conozco lo suficiente, que no me hace falta ni un detalle más para ser capaz de averiguar la pulsación de sus latidos, los motivos por los que se eriza su piel o las palabras que le hacen retroceder.
Y no hay nada en el mundo como esa sensación.
Espero que un día el viento deje ser el único que moldee tu superficie, que un día dejes que esta se ablande por la lluvia, o que se endurezca con el frío, quién sabe. Solo espero que permitas que cambie, que se deslice, que se caiga... o que se rompa.

Metamorfosis

Créeme, que te digo que yo lo he visto, que ha pasado, que a veces ocurre que la mariposa, cuando descubre lo que es volar, su voluntad de repente se marchita, encoge las alas, aterriza en la tierra, que nunca fue tan húmeda, hunde sus patitas en el barro, y siéndole imposible caminar, vuelve a rastras a su crisálida, se lamenta por lo que no volverá a sentir, se ahoga en su interior y apaga la luz.

...

En ciertas ocasiones me doy cuenta de lo peligroso que es escribir sobre todo lo que de repente cruza mi mente y, solo a veces, mi corazón. Me doy cuenta de que aquellas cosas que me atraviesan, que me recorren de pies a cabeza, no siempre existen; sino que suelen ser producto de algo ficticio, de algo que ni siquiera he logrado sentir alguna vez. Y entonces, cuando me encuentro con estas palabras, con este conjunto de caracteres que no significan nada para nadie, y quizá no lo suficiente para mí, no puedo evitar sentirme extraño. No puedo evitar que algo dentro de mí chirríe, como si estuviera compuesto por piezas que hicieran un pésimo contacto.
Y dejo de escribir.
O incluso de hablar.
O incluso de existir.

Hierro

Cuando la plata parece hierro dejo de creer en el mundo
o cuando el rojo se destiñe
la luz se apaga
el contacto se deshace
y los ojos se abren

Cuando pisas la hierba
o si el agua tiembla
la garganta se seca
y cuando agarras el papel
la punta se romp

Calor

Recuerdo que antes sólo quería congelar cada momento. Dejarlo inmóvil. Y que, así, desde fuera, pudiera observarlo con atención sin perder cada minúsculo detalle, cada respiración lenta, cada aceleración de mi pulso.
Pero ahora no. Ahora sólo quiero dejarlo correr, sentirlo difuso, imperfecto. Quiero olvidar la nitidez y centrarme en lo nublo. Quiero que sólo permanezca la confusión de mis sentidos, el temblor de mi corazón: la sensación de que vivo. De que estoy viva.