Un paraguas amarillo

Desde hace tiempo sueño con una tormenta que resfríe a media ciudad, donde entre todos esos oscuros paraguas encuentre el tuyo y me cubra hasta el último de mis temblorosos huesos; que al segundo me funda con tu piel, casi escarchada. 
Y me miras; no a mi pelo mojado, ni a mis labios violetas; me miras a mí. Ves lo que yo siempre intenté proteger, precisamente, de alguien como tú. 


Eso es lo bonito del tiempo, ¿verdad?
Que nos traiciona de la manera más inesperada;
 más incandescenteQue nos cambia;
 nos hace girar a más velocidad que el Sistema Solar
 y deshace nuestras ataduras.

Uno de tus suspiros hace tiritar mis pestañas, que se juntan en un corro para poder vencer a tu voz. Y cuando tus clavículas me ruegan que las muerda, tu paraguas y yo hemos desaparecido. Quizá solo como excusa para verte mañana; y al siguiente; y al otro. O tal vez solo quiero que preguntes por mí.

Te conocí en una de esas mágicas casualidades

Apostaría todos mis recuerdos a que la palabra "casualidad" no son solo diez letras sin sentido. Son mis diez letras sin sentido. De hecho, pienso que cada diminuto detalle puede cambiar tu vida de la forma más inimaginable e inverosímil.


Creo que tenemos que tener fe en las casualidades, 
aunque sea solo un poquito; tienen algo de magia.

No estaría mal confiar en esas estrellas, de la que tanto nos hablan, de vez en cuando. O reírse si es que no existen y buscar otra cosa en la que creer. Porque podemos creer en que ese mundo nuestro, que no para de girar, está de nuestra parte; que los mares son algo más que salitre impregnado en la piel.

Se podría decir que creo en la suerte, o más bien, que sé que la suerte existe.
 Aunque a veces se ausente y nos aferremos en mil y una otras magias.

Puede ser que confíe en más cosas de las que están ahí; pero no está mal soñar despierto, por lo menos, hasta que los rayos de sol se cuelen por las rendijas de un mediodía.

 Y sobre todo, no hay que echar a la rutina de más, ni de menos. 
Ya que cuando menos lo espero, me quieres por casualidad.

Que Pepica nos pille confesados

 "Está un poco bizca" - comentario de anónimo sobre Pepica.
No sé por qué, ha surgido así, pero hoy os voy a hablar de una "persona" que conocí este año: Pepica.
Pepica es esa típica mujer creo de 88 años mentales, atrapada en un cuerpo de 50 (y probablemente lo lleva siendo toda su vida); de esas personas que jurarías que nacieron ya con la menopausia.
Pepica es la típica de las colas del Mercadona; la que te ruega que le dejes pasar primero porque solo lleva unas toallitas hipoalergénicas para que no se le irrite... la sonrisa. Y seguro que es también de las que pagan con moneditas de 5 céntimos. 
La versión joven de Pepica (si es que es posible que la haya) es la católica estereotipada que en Semana Santa te pisa los pies con el carricoche y luego te mira con cara de "Eso es que te ha castigado el señor por no haber visto las 394018439018 procesiones de hoy. Maldito ateo".
Pepica es la típica madre que le prohíbe ver la tele a sus hijos (los típicos hijos que la llevarán a una residencia cuando chochee aún más).
Pepica es de esa gente que si escucha la palabra "pene" se desmaya.
Básicamente, Pepica es la típica "persona" que, por mucho que intentes huir de ella, acaba encontrándote, como si para ella fueras el presentador del programa de Saber Vivir.
Y por eso escribo esa entrada (no por ningún rencor hacia su persona, como que me dijera el otro día que no vocalizaba, qué pedazo de ****), para advertirte. Si tienes a una Pepica en tu vida, la única posibilidad de supervivencia se concentra en seis letras: correr. (Recuerda: tiene los músculos atrofiados de tanto quejarse del ateísmo)


Daltonismo y otras de tus facetas

No sé si depende de la estación, de la semana, de los anuncios de chocolates en televisión, de los calcetines a rayas, de los documentales de La 2, de las millas que mide tu ego o de las pulgadas que ocupas en este órgano bajo mis costillas de cristal. Lo único que sé es que cada día me resulto diferente.
A veces me haces confiar en las constelaciones, otras en cambio, siento que en lo que transcurre un cometa, me hago adicta a los rayos del Sol. Aunque después de un par de pestañeos levanto un muro indestructible, cuando me doy la vuelta lo derribas sin pudor. Si mi tarde no es de color de rosa, me vuelves daltónica. Y al día siguiente has desaparecido de mi mente. 
Espero que no me lo tengas en cuenta, pero es que no sé ni tu nombre.
Y ojalá tampoco te importe, que te llame como quiera.

Tú: 0 - Senectud: 1

Muchos historiadores piensan que todo empieza con la frase "Pasad por aquí, en el mismo orden", también están los de mi quinta, que creen que más bien comienza con la siguiente: "NIIÑAAA, VETE A COMPRARME AL MERCADONA". Sí, estoy segura de que es esa.
Bueno, pues eso más un "Arreando que es gerundio" y ya estás de patitas en la calle, con tu lista de la compra y tres bolsicas en el bolsillo (que es que las mu' japutas cuestan dos céntimos y ese gasto no se lo puede permitir una madre). Aunque los menos afortunados tienen que cargar con un carrito de Dora La Exploradora.
Omitiendo los detalles de cómo llegaste a la puerta (hagamos un corte sutil, como en las pelis coreanas de bajo presupuesto), ya estás en la tienda. Revisas la lista, mientras cantas en tu cabeza "Meeeeeeeeercadona, Meeeeeeeercadona" y suena alguna que otra canción antigua de La Oreja de Van Gogh (que seamos realistas, solo salen en los supermercados, las pobrecicas). Cuando ya te has recorrido los tres mil pasillos y vas cargado de lo que comenzó siendo "tráeme tres barras de pan", hasta "el caldo de pollo Gallina Blanca; sí, el que está al lado del tomate, gilipollas", llegas a la cola. Aunque con la gente que hay ya podría ser la cola del INEM, igualita. 
Mientras llevas como cinco minutos esperando, tres viejas con cara de "Hija, tengo más cosas que tú y puede que te insinúe que tengo prisa o que me duele la pelvis para que me dejes pasar, pero si tú estuvieras detrás de mí con un solo puto paquete de chicles no te colaba, zorra" se han colocado detrás de ti.
Tres gruñidos de vieja después, ocurre el milagro. Una cajera vuelve de tomarse el cafelito de las ocho de la tarde y dice: "Pasad por aquí, en el mismo orden".
Analicemos esa frase detenidamente: "Pasad por aquí, en el mismo orden". No sé por qué, pero algo falla en la oración. O "mismo orden" significa "orden contrario", o las viejecitas no tienen enchufado el sonotone. Ya que, misteriosamente miran a los lados y se encaminan sigilosas hacia la caja, y tú piensas: "mismo orden... Mismo orden... Qué raro."
Entonces ves como la anciana con la pelusa (porque está claro que lo que tiene en la cabeza no es pelo) más cardada, llamémosla Eustaquia, te mira con superioridad. Desafiante.

En ese preciso momento, una lágrima de tus ojos cae junto al peso de la derrota sobre los hombros. Un jubilado se ha marcado un #FuckThePolice.
En ese preciso momento, te replanteas tu vida.




Y yo con estos pelos

Yo soy de las que piensan que las cosas llegan cuando menos te lo esperas. Un día estás comiendo pipas en un banco y de repente...¡¡BAAAAMMMMM!! El verano se acaba, tu mejor amiga se ha enamorado de un apicultor, un militar te habla por Tuenti, te va a visitar un extraterrestre, un panchito te insulta, te conviertes en mecánica y un brócoli te pide salir.
Y lo peor de todo: tu jefe de estudios se llama Pepe Llavero Bailón.

Adiós color

Estoy harta pero no sé de qué. Creo que quizá esté harta de estar harta (que por cierto es una palabra bien fea). Últimamente me invade una sensación muy agobiante, me siento más rara que nunca.
Tal vez es porque me faltan dedos en las manos y en los pies para contar la gente que un día significó algo para mí y ahora no es más que un ceño fruncido. Poco a poco esta ciudad se va empequeñeciendo y me hace pensar: "No, ahí no puedo ir por que quizá esté no sé quién". Y no es justo. Debería ser capaz de ir a donde quisiera, cuando quisiera.
Pero no lo soy. ¿Son los demás quiénes lo destrozan todo o soy yo?
Si mi cabeza fuera una botella de Coca-Cola, al abrirla todos saldríamos volando y, con cada letra que se suma a esta entrada, mi mente se enreda un poco más.
¿A veces no te gustaría que la persona menos pensada apareciera 
y diera a tu mundo un giro de ciento ochenta grados?
Pues yo necesito girar.

¿Por qué te sigo recordando?

¿Qué pasa cuando nuestras palabras no tienen el efecto que queríamos que ejercieran? ¿Qué ocurre cuando la reacción no es la esperada? Nada. Exactamente, nada.
Y entonces, ¿por qué sentimos ese vacío?
Hace poco aprendí que lo importante no es la respuesta a tu pregunta, sino la pregunta en sí. 

¿Por qué sentimos ese vacío? 

Lo relevante no es el porqué, sino el sentir el vacío. ¿Cuál será mi próximo paso? Mientras demos un paso hacia delante, no importa la respuesta.

Ni Batman, ni Superman

¿No te has imaginado nunca que, por ejemplo, tu madre fuese una espía? O quizá aquel desconocido. Tan formal, tan gris, con su maletín a rayas y sus gafas cuadradas. Entra a una cabina de teléfono, se deshace de su traje en cero coma treinta y ocho milésimas de segundo y aparece un superhéroe. O quizá un supervillano.
Ya que lo menciono, ¿por qué se infravalora tanto a los villanos? ¿Por qué pierden siempre en las películas? ¿Eso nos da a entender que lo correcto es ser un héroe? Pues yo creo sinceramente que todos escondemos dentro un villano. Y no de los que solo roban caramelos a los niños, sino de los que son más malos que una picadura de mosquito.
Cada persona tiene su kryptonita y su segunda cara de la moneda. Cada persona podría quererte y al día siguiente romperte el corazón...

Pero bueno, al menos tengo el consuelo de que yo no sufro esa presión de tener que estar buenorra para cumplir mi rol en sociedad.

Oh, wait...

Cosas que no he tenido en cuenta.

Siempre he tenido en cuenta que tarde o temprano todos los caminos se bifurcan, se separan.
Siempre he tenido en cuenta que las personas se alejan unas de otras, sea cual sea el motivo.
Pero creo que hasta el día de hoy no me he percatado de que las separaciones no implican un para siempre, que cuando una persona se va no significa que no vaya a volver. Que a veces solo se necesita respirar aire fresco. A veces hace falta un poco de soledad.
Dime, ¿si vuelves esta vez es para quedarte?