Era más fácil en la película

Hoy creo que empezaré con un verbo sencillo, aunque un poco toca-huevines. Rendirse. 
¿Qué es 'rendirse' y por qué la gente lo hace?
Rendirse, según la  RAE: "tener que admitir o aceptar algo"
A decir verdad, yo no estoy del todo de acuerdo. Aunque, como es normal, pensaréis: "¿y qué derecho tiene una simple rana bailarina de cuestionar a la RAE?" Pues veréis, no tengo ninguno. Pero como es mi blog, tendréis que apechugar.
Para mí rendirse es caer en lo más profundo del foso, donde se acumula todo el dolor. Me lo imagino como las celdas de Saw, pero un poco menos gore. Eso sí, la roña es la misma. Que ya podían pasarse a limpiar, los muy cerdos. A lo tonto, a lo tonto se acaban llenando las paredes de fluidos de beliebers y ya veréis luego pa' quitarlo. Bueno, continúo. Un poco antes de caer en ese foso, surgen situaciones complicadas y exasperantes, que te hacen vacilar. Y una vez llega el momento, tienes que decidir que es lo mejor para ti o para los demás: renunciar o pelear. (A lo Matrix, pastilla azul o pastilla roja)
Si eliges la primera opción llegarán momentos de melancolía, paz o alivio. Supongo que depende de la situación. Pero tarde o temprano, surgirán nuevas situaciones en las que tendrás que volver al punto inicial, y decidirás de nuevo si tirar la toalla o seguir.
Yo creo que soy de las personas que no se rinden, o al menos no fácilmente. O por lo menos, eso es lo que era hace un tiempo, porque cada vez me doy más cuenta de que casi todo está perdiendo su importancia, de que a medida que pasan los días todo me da más igual.
Ahora me encuentro frente a un señor de gafas oscuras que me muestra sus manos. En la derecha tiene una pastilla roja y en la izquierda una azul. Bueno, y en la tercera mano un preservativo de fresa, me ha guiñado un ojo y creo que se me está insinuando.
Se acerca el momento de decidir.
Me pregunto qué haré.
Me pregunto en qué estoy pensando.
¿Roja o azul?



Fruto del aburrimiento


Después de muchos años en intensivo estudio tocándome lo que se conoce como las partes bajas, me ha saltado una pregunta a la mente no literalmente, dudo que las preguntas salten: ¿Cuál es ese 'fruto del aburrimiento' y por qué todo el mundo lo menciona?
En serio, tengo curiosidad. ¿Será una guayaba?

Frutos del aburrimiento de fiesta.


Los pobres son tan aburridos que no se pueden permitir usar exclamaciones.
Aquí va una lista de cosas producidas por fruto del aburrimiento:
- Esta entrada.
- Tumblr
- Esos perros que mueven la cabeza y se colocan en los coches
- Esas hawaianas que mueven la cabeza y se colocan en los coches
- Esos dados que no mueven la cabeza porque no tienen, si no, lo harían y se colocan en los coches
- Las guayabas
- Las cestas de frutas de frutos del aburrimiento
- Twitter
- Este blog
- Los hipsters
- Los últimos 8394364923748 pokémons
- Las flores de plástico
- Vosotros leyendo esto



Un regalo que puede que no valga nada


Creo que todos pensamos que la inocencia es algo que cuando se pierde, no vuelve. Cuando desaparece, se dice que la venda que teníamos sobre los ojos se va con ella. La confianza vuela, pero no como un pájaro, más bien como una granada lanzada por un militar en plena guerra civil. Y cuando cae al suelo, explota. Corrompiendo miles de recuerdos que creíamos que perdurarían para siempre intactos. Pensamos: ¿Y si esta no es la primera vez que me engañan? ¿Y si aquel abrazo escondía un mal acto? O... ¿y si lo escondían todos?
En cambio, también creo que estamos un poco equivocados. Que hay personas que, sin ni siquiera creerse lo suficientemente especiales, te la devuelven. En un paquete rojo, con lazo y purpurina incluidos. Quizá solo hace falta un abrazo en el momento indicado, o puede que un beso.
Se dice que una persona inocente cuando es herida, piensa que lo más probable es que haya sido por error, un simple descuido. Pero, no siempre eso es cierto, de hecho, solo algunas veces.
Por todo eso pienso que ser demasiado inocente es más que pernicioso, pero no tener ni un atisbo de ingenuidad es mil veces más perjudicial. Y, entonces... ¿Por qué no un término medio? Ni cegar, ni ser cegado. Sencillamente, ver. Ver la vida como es.
Aunque, amo el optimismo, un poco de objetividad tampoco está mal. Optimismo, objetividad y pesimismo en su justa medida; sería increíble poder repartirlo entre aquellas personas que se quedan cortas y esas otras sobrantes.
Y, por eso, si crees que lo necesitas, te regalo un poco de mi optimismo. Si lo quieres, para ti.

Las hormigas guerreras que un día lo conquistarán todo

Hay momentos en los que todos nos sentimos como hormigas, minúsculos. Sentimos que hasta la más diminuta piedra puede con nosotros y nos aplasta. Tenemos colgado en la frente un cartel que dice: Insignificante. Ese cartel es casi imperceptible para unos y para otros brilla como luces de neón. ¿Y qué haces cuando notas como otros se colocan su propio letrero, como se hunden en una mediocridad que no poseen? 
A veces quisieras decirles lo grandes que son. Que los rascacielos sentirían envidia y que si es verdad que son hormigas, son de las guerreras. Claro, aunque sería un poquito raro que hubiesen sufrido tal mutación genética como para ser hormigas más grandes que rascacielos y con capacidad de habla. Me callo. Sería genial poder decir todo esto, ayudar con unas cuantas palabras que no salen de tu boca por timidez. Sería genial ayudar, de vez en cuando. Y también sería genial escribirlo.
Puede que algún día me convierta en una hormiga guerrera, de esas que no se rinden. De esas, que ante los problemas, por colosales que sean, se dedican a correr a las tantas de la madrugada, a gritar a alguien que no escucha y a llorar y reír a la vez.

Cubitos de hielo

Qué frío hace en la clase de Latín. Es lo primero que he pensado al entrar en clase, me he sentado en el primer sitio que he pillado, no me importaba, sabía que no iba a hablar con nadie. No me considero antisocial ni nada por el estilo, simplemente me encontraba en uno de esos momentos en los que no te importa expresar tu indiferencia hacia ciertas personas. Se me habían olvidado demasiadas cosas. Se me había olvidado la rutina, los bolis que se caen, los estuches que vuelan, las cartulinas de colores y los libros que pesan toneladas. Y, creo que se me habían olvidado porque cuando estás mucho tiempo con otras personas te absorben, consiguen quitar importancia a todo lo demás. Eclipsan todo a su alrededor, con su ausencia. Me pregunto si algún día podré llegar a ser como un eclipse solar para alguien.
Sigo pensando que es curioso. Qué frío hace en la clase de Latín. Era como encontrarse en medio de un iglú, o dentro de un manantial helado. Todo como un témpano de hielo.
Cuando ciertas personas se van se llevan todo su calor con ellas. Son como un radiador andante, de combustible infinito.
Creo que nunca ha hecho tanto frío en la clase de Latín.

Si sonríes te ganas un cielo a mi lado

Hoy os voy a hablar un poco sobre mí, no tengo ningún motivo aparente. Simplemente, pienso que al escribir te das cuenta de cosas que incluso tú desconocías de ti mismo.
Siempre me ha gustado la idea de que alguien me describa, con pelos y señales. De que cuando alguien le pregunte: ¿Cómo es esa tal Celia? responda con cientos de historias, con otro tanto de defectos, y espero, con unas pocas más virtudes. Que señale manías que ni siquiera yo percibo y que se sepa de memoria todas y cada una de mis caras.
Pero, si nunca he dicho ciertas cosas de mi misma, ¿cómo alguien las va a conocer?
Os podría contar que de pequeña me daban miedo las escaleras, que subía un peldaño con el pie derecho y me quedaba indecisa sobre si hacer lo mismo con el izquierdo. Luego me daba la vuelta y retrocedía, me reía y lo volvía a intentar. Pero, si ahora soy capaz de subir las escaleras sin ningún pavor, eso significa que alguna vez sacaría el valor suficiente para subir el pie izquierdo y que poco a poco, por pequeños que sean, superamos nuestros miedos.
Me gusta recordar esas historias.
Una vez alguien me dijo una frase. Sé que es lo que se suele decir. ¿¡Oh, una simple frase puede cambiarte!? Pues sí. Estoy absolutamente segura de que sí. "Nunca dejes de sonreír, ni siquiera cuando estés triste, porque no sabes quién se puede enamorar de tu sonrisa". Es así de simple. Una frase de un tal Gabriel.
Al nacer te enseñan muchos principios, vas aprendiendo paso a paso. Supongo que me educaron así, con un no menosprecies la vida. Y sé que a veces puede parecer una excusa muy tonta pero, ¿acaso el mundo no está repleto de tonterías? Sonreír no está mal como primer paso.
Aunque quizá tenga que esforzarme un poco más, porque tal vez esa persona que un día conocerá cada centímetro de mí no esté tan lejos.

No dejes de brillar

La Luna. ¿Por qué nos enamoramos de la Luna? ¿Qué tiene de especial? Quizá sea su luz, que nos ilumina en nuestros momentos más aciagos. Pero, tiene algo más. Tienen un imán, un misterio que nadie conoce. Hasta la marea se rinde ante ella. La Luna nos enamora, nos encandila. ¿Por qué si no Beethoven le compuso una sonata? ¿Por qué Julio Verne escribió un viaje a su alrededor? ¿Por qué el hombre la pisó? ¿Y por qué yo misma, por qué elevo la vista hacia el cielo cada noche? ¿Por qué me subo a mi azotea en cada eclipse lunar?
Tal vez, envidiemos a la Luna. La envidiamos con todo nuestro ser. Aunque, no nos paramos a pensar, que ella puede que también nos tenga celos. A fin de cuentas, la Luna está sola. ¿Cuántos años tendrá ya? Como unos 4.500 millones. Probablemente esté cansada de brillar, esté harta de no poder llorar. Una a una, las estrellas a su alrededor desaparecen, se vuelven polvo. ¿Pero ella? Ella permanece ahí, cada día. Da vueltas y más vueltas, se retuerce.
Ser la Luna debe de ser duro. Y creo que por eso yo la miro, cada noche. Para que tenga en cuenta, que no está tan sola. Que no es un simple satélite. Para que nunca caiga en el olvido que estoy enamorada de la Luna.

And when I touch you I feel happy inside

La música, sin duda, está en todas partes. Está en las situaciones divertidas, en las tardes de soledad en tu habitación, al irte a dormir y en tu propia cabeza. Cuando ni tú mismo sabes lo que pasa por tu mente, cuando tu corazón dice 'ya basta'.
A veces, solo necesitas dos minutos y veintisiete segundos para que todo vuelva a la normalidad, o más bien a tu normalidad. Correr, a ritmo de una canción. Huir, sea donde sea. Y en el estribillo, gritar con todas tus fuerzas, y saltar. Saltar para rozar las estrellas, para que te tiemblen las rodillas. Y luego, caer. Por voluntad propia, tumbarte en el suelo, aunque esté sucio. No importa, en ese segundo nada importa. Y luego, reírte de tu estupidez, de ser tan niña. De ser tan feliz, pase lo que pase. ¿Y sabéis por qué? Porque al volver la vista, a tu lado, hay una persona que coge tu mano. Y no la suelta, jamás.
Ahora cada vez que escuches esa canción, sonríes y te miras las manos.
I want to hold your hand... forever.

Y vivieron felices y comieron lechuga, ya que eran vegetarianos

Siempre, cuando termino un libro me quedo unos minutos en shock. Siempre. Reflexiono sobre cada palabra, frase y capítulo. Y sobre todo, sobre el final.
El final. Podrá tener 6438746724637846238 páginas perfectas un libro, pero si no me gusta el final, me habrá decepcionado de la manera más desastrosa y horrible.
La última frase. Un buen final necesita la frase idónea. La frase que me haga formular una sonrisa, que me quede con ganas de más, de respirar más palabras. Que me haga llorar, reír, saltar... pero sobre todo, soñar. Cuanto más tiempo dure el shock, cuanto más tiempo me quede tumbada en la cama, con los ojos cerrados o mirando al techo, cuanto más tiempo me dure la sonrisa de oreja a oreja, más anhelo me habrá provocado. Más anhelo de no despertar del sueño. Del sueño que es leer.
Toda historia se merece un final idóneo, ya sea ficticia o real. Ya sea la historia de Los cinco minutos que tardaste en comprar el pan, o El amor de tu vida. Tampoco soy una ingenua, bueno en realidad sí. Digamos que sólo cuando me apetece. Sé que todas las historias no tienen un final feliz. Que no siempre se comen perdices, pero... Entonces, ¿para qué existe la imaginación?
Siempre, cuando termino un libro, un libro que no tiene ese final que me es propio, que para mí es el correcto, sigo soñando. Siempre. Me invento mil y un desenlaces.
En verdad, eso lo hace aún más divertido, más inocente. Pero, de todas formas, es más bonito cuando está escrito con palabras, cuando no sufres ese minuto de decepción. Cuando lees la última frase, cierras el libro de par en par, cierras los ojos y piensas: ni yo mismo, podría haberme imaginado un final mejor.
Ahora, cierro los ojos y sueño con uno de los mejores finales que no me he podido imaginar. Con un 'Marina, te llevaste todas las respuestas contigo'.

Creo que empiezo a entender

¿Si pudieras viajar a Oz, qué deseo pedirías?
Yo no quiero ningún corazón, ni ser más valiente, ni tampoco un nuevo cerebro.
Yo quiero... No sé lo que quiero. Quizá, si tuviera unos zapatos rojos y pudiera taconear tres veces... Tack. Tack. Tack. No, no puedo desear saber lo que quiero. Parece ser que la única solución es esperar a que Dorothy me lleve por el camino de baldosas amarillas. Esperar.
Esperar es lo peor que puede existir. No saber la dirección. ¿Derecha o izquierda? No saber qué vendrá después. ¿Una tormenta que me lleve a Oz o un hombre de hojalata que chirríe?
Por mucho que lo necesite no obtengo mi respuesta. No me vale con un 'espera'. Quiero saber. ¿Me quedo de brazos cruzados o me arriesgo a perder?
Tengo que afrontar que no estoy. No estoy en ningún sitio. Ni lejos, ni cerca. Sin día o noche. Por lo menos, si lo estoy, no soy consciente de ello. Y es que este limbo me está casi matando. Y digo casi porque si hay algo seguro es que nada dura para siempre. Esperar tampoco lo hará. Un día está pausa cesará y volveré a la vida. Sí...

 Eh, un momento. ¿Son esos los zapatos rojos?