#

Echó la manta a un lado, soltando un bufido, y se levantó del sofá. Y sin mirarme siquiera a los ojos, agarró el mando con sus pequeñas manos y apretó el botón de pausa. Frunciendo el ceño, aparté el movil, y estuve a punto de preguntarle "¿Qué pasa ahora?", pero al cruzar mi mirada con la suya, no pude evitar echarme atrás.

— ¡No te entiendo lo más mínimo! — exclamó mientras se dejaba caer en el sofá. — ¿Qué estás haciendo? — y me miró como si estuviera completamente loco, como si no supiera nada del mundo y, en mi inocencia, hubiera cometido el mayor de los crímenes. Ante mi evidente estupor, se llevó las manos a la cabeza y apuntó con el mando en mi dirección, al aparato que se encontraba a mi izquierda. 

— ¿Esto? — pregunté, incrédulo, mientras le mostraba el móvil. Asintió, sin apartar su mirada de desaprobación sobre mí, escondiéndose el pelo detrás de las orejas. Se recolocó la manta para tapar del frío cada centímetro de su cuerpo y un suspiro se escapó de sus labios, demasiado tiempo siendo preso.

— Te has perdido la mitad y ni siquiera sabes por qué, te lo juro. Te has perdido la forma en la que se miran, cuando se creen que nadie lo hace, la forma en la que se desliza bailando y cómo se acercan sus manos al otro lado del asiento, buscándose. No has visto el brillo de sus ojos cuando sale al escenario o cómo reconoce a una extraña detrás del espejo, esperando que alguien la encuentre. Y no has visto cómo el mundo se para, por sus dudas, y empieza a acelerar, al ritmo de la música. Y te lo has perdido todo, ¿para qué? ¿Para dar algún like y compartir un par de posts? ¿Para gritarle al mundo que no estás en el mundo? — y antes de que pudiera replicar con excusas vacías, pulsó el botón de play.

(...)

Lo primero que hice fue diseñar sus orejas. Al fin y al cabo, en un principio, mi intención no era otra que la de ser escuchado. La izquierda me quedó un poco más grande que la derecha, y creo que los lóbulos eran algo dispares. Pero no me extrañó en absoluto: era la primera vez que creaba una persona.

Aun así, necesitaba saber si funcionaban, si podían distinguir mi voz, si entendían mi lenguaje. Dibujé sus párpados y perfilé las pestañas, sin atreverme a regalarle ni pupilas, ni color, ni visión. Me aterraba que vieran mi rostro y no se volvieran a abrir jamás. Que adivinara lo que soy y, al terminar su boca, me escupiera sus primeras palabras.
Así que una vez diseñados sus ojos, le pregunté:

- ¿Puedes escucharme? ¿Entiendes lo que digo?

La figura no respondió. Se mantuvo inmóvil, inerte, como un autómata incompleto y sin cuerda. Me acerqué despacio, sin notar mi respiración irregular y mi movimiento robótico. Alcé mi brazo para acariciar sus ojos cerrados y contuve el aliento. Primero rocé sus pestañas, una a una, de izquierda a derecha, de arriba a abajo. Mis dedos trazaron pequeños círculos sobre sus párpados. Eran suaves y tersos, tan reales como los míos. Mientras los dibujé, debí salirme de mi trazo: un lunar minúsculo descansaba en el izquierdo, y al preguntarme cómo podía haber sucedido, de repente, un iris sin rastro de pupilas me saludó.
Mi cuerpo, paralizado, no pudo evitar analizar cada uno de los surcos que formaban sus ojos, de los colores que manchaban su iris. Eran pigmentos que no contenía mi repertorio. Matices que me veía incapaz de crear. Y ese brillo... ¿acaso me miraban con sorna, o era curiosidad? ¿Acaso me miraban? ¿Cómo era posible?
No sé si era una forma de responder a mi pregunta o pura casualidad, pero parpadeó dos veces. Mi boca se curvó en forma de 'o' y, de pronto, continuó con sus parpadeos, una y otra vez, sin descanso, intermitentes. Paró durante unos segundos y fijó sus iris en mis labios. Ante mi claro desconcierto, se inclinó hacia mí y los acarició con sus pestañas. Al principio despacio. Luego con urgencia.
Me aparté unos centímetros y señalé mi boca.

- Quieres tener una, ¿verdad?

Sus ojos se abrieron, quietos de una vez por todas, fijos en los míos. Me revolví, inseguro de mis acciones. Incluso arrepentido. Pero sus iris seguían contemplándome con... ¿decisión? ¿esperanza? O quizá no había emoción alguna, quizá todo era una ilusión que yo mismo había creado...

you are you

you are you
and that's never going to change
you're the way walls disappear behind your beauty
you're the way you see the world in watercolours
and the little sound you make while sipping coffee

you're flickering eyes and names you fell for

you are you
and that's not going to fade in tears
you're the coconut smell of your room
you're the lines your mind draws
and turns into love songs

you're all the pain you blurred in poems

you are you
and lacking bits won't ever change that
and I know the mirror lies
and the unpainted world is fake

but I promise you are you
you are you
you are you
you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are you you are

New

I used to have this in me. I used to have this little voice inside me, almost whispering, desperate to be heard.

Has it changed language? It sounds unclear, strange... New.
And it's not desperate anymore.
It's patient, but enticing.

Tempting.
Captivating.

And it seems ready now. It's not hiding behind my ear, or tangling in my hair: it's facing me straight. 

Smug.
Undefeatable.

How am I supposed to look back?

Frialdad

Tenía un agujero en las botas del tamaño de una nuez. Era principios de octubre y no sentía nada por debajo de los tobillos. Hacía unos diez minutos que la lluvia había calado mis huesos y, de alguna forma, el trayecto a casa cada vez parecía más y más largo. Al inspirar hondo, un fuerte olor a café se adentró en mi cuerpo, sacudiendo mis pensamientos. Las gotas dejaron de caer sobre mi pelo, envuelto por un paraguas violeta, y un brazo se agarró al mío, con fuerza. Giré mi rostro y me encontré con un par de ojos negros que, burlones, me escaneaban de pies a cabeza. Como de costumbre, mis labios se movían solos al verlos.

— Ya has tardado más de cinco segundos en reírte de mí. Veo que tu lengua está perdiendo su filo. — Sin poder evitarlo, aparté la mirada, intimidada por la suya. Juraría que, de soslayo, sus comisuras se curvaban hacia arriba.

— Creo que tienes una idea totalmente errónea de mí. — se soltó de mi brazo y, cogiéndome de las manos, me entregó el paraguas. — No creo que sea una persona fría, ¿sabes? No creo que porque mis ideas no se correspondan con las del mundo, mis sentimientos tengan menos peso. — me dio la espalda y empezó a caminar, sin darle ninguna importancia a la lluvia. — Crees que me conoces, pero te equivocas. Tú y muchos como tú, cuando nunca quise guardar ningún secreto... Nunca fue mi intención, te lo juro. — A pesar de que lo único que podía ver era su nuca, la entendía con claridad. De hecho, nunca había escuchado una voz con tanta nitidez. — No creo que porque no hable de mis sentimientos, no sean tan intensos como los tuyos o como los de quien pueda romper a llorar, sin más. No sé cómo explicarlo... no creo que jamás tenga la capacidad para hacer que mis palabras se correspondan con lo que siento. Al menos no en esta lengua. ¿Crees que existirá algún idioma con el que pueda expresar mis pensamientos, tal y como son? 

Aunque no pudiera verme, asentí, sin decir nada. Todavía me pregunto si existe una palabra para describir el frío que, de algún modo, me había calado por encima de los tobillos.

(No)

Recuerdo que tenía dos macetas en su balcón. Tenían el nombre de algún famoso vacío que, con certeza, forma parte de los Papeles de Panamá.

Una era roja y siempre se alzaba. La otra era blanca y no olía a nada.

A veces se le olvidaba regarlas.

Hoy, como muchas otras cosas, las macetas se han ido.

Espera... ¿estamos hablando de flores?

Cómo crear

Lo siento si a veces te interrumpo, o parece que no te escucho. Lo siento, de verdad. Pero sí lo hago. Y pienso en tus palabras constantemente, casi en un continuo delirio.
Y lo siento, cuando me las invento, cuando me imagino mis ojos mirando los tuyos. Aunque estén cerrados, aunque nunca se hayan abierto.
Y te suplico que me perdones por hablar de ti, o por decir que no te encuentro. No te pienses que, al menos, no te busco. Y espero que no te olvides de recordarme que cree estas palabras, aunque no tengan sentido.
Te juro que lo intento, que a veces veo partes incompletas de ti cruzando la esquina, ocultándose detrás de las puertas o susurrándome desde el otro lado de la pared.
Y, por favor, no me odies por nunca terminarte, por impedir que cobres vida, por mi impuro egoísmo. Al fin y al cabo, yo tampoco sé darme forma. ¿Cómo voy a atreverme a delimitarte? 
Sé paciente y espérame, te lo pido. Porque, de verdad, soy sincera cuando te digo que, pienso que tú y yo, cualquier día, saldremos del papel.

¿Dónde estás?

Llevaba un tiempo en silencio y cuando notó mi mirada clavada en su nuca, se sobresaltó. Alzó la cabeza en mi dirección y, al incorporarse, se sacudió las manos en los pantalones. Empezó a pasear en círculos, mascullando algo incomprensible y masajeándose los dedos, una y otra vez. Recuerdo que tenía algunas hojas enredadas en el pelo, pero no parecía darse cuenta. Mi cuerpo, hasta entonces inmóvil, se dejó apoyar en el tronco, bajo la sombra, y el suyo, de repente, se volvió quieto. Se alejó de mí, dándome la espalda y dejó que el sol bañara sus párpados, cerrados. Tras un suspiro, esta vez habló en voz alta, sin contenerse.

- Fuerzas los músculos, pero no responden. Tus labios se arquean de la forma más patética, pero no se abren. - se giró en mi dirección y, ante mi desconcierto, me miró con dulzura, como quien mira a un niño que todavía no sabe nada del mundo, y dijo con más suavidad - Inspiras y el aire no llega. Intentas reconocer el espacio que ocupa cada uno de tus miembros, pero no logras identificarlo.Y la presión que hay en tu pecho entorpece cada vez más la respiración. ¿Te ha pasado alguna vez? - centró sus ojos en los míos con una intensidad que me hacía sentir que mi cuerpo decrecía por segundos y cada vez se volvía más y más pequeño, hasta convertirse en una hormiga que escalaba por la palma de su mano, por sus hombros y descansaba en su mejilla. Desde allí, sus ojos de hielo me miraban, al borde de derretirse, arrastrarme en su marea y llenar mis pulmones de su sal. Creo que fue en ese momento cuando empecé a saber a qué se refería, qué ocultaban sus palabras. Asentí y, al apartar la mirada, recuperé mi tamaño original. - Todo lo que te rodea se vuelve borroso y la voz que se pregunta «¿Dónde estás?» se apaga, poco a poco. Y... - enmudeció de pronto, intentado elaborar las frases en su mente para que se correspondieran con la realidad; algo que sabía, por experiencia, que no iba a ocurrir. Se sentó de nuevo, apoyando la espalda en el árbol, junto a mí y, por el movimiento, una de las hojas de su peló cayó en sus piernas, arqueadas. Empezó a partir la hoja hasta que los trozos se volvieron demasiado pequeños y continuó. - Te juro que no puedo reconocer mi voz. No puedo sentir mi acento, ni si mi timbre se vuelve más agudo al final de cada frase. ¿Siempre fue todo así, tan... carente de sentido? - sus pupilas, por una vez, se posaron en las mías con necesidad, ardientes, esperando una respuesta. Quería decirle que yo sí identificaba su voz, que notaba el contacto de sus hombros con los míos, que yo sabía dónde estaba.

Sentí como mis músculos querían moverse, sin resultado alguno. Sentí como mis labios luchaban por abrirse, pero no lo consiguieron. Desconocía dónde se encontraba mi cuerpo y la presión sobre mi pecho me impedía respirar. Y mi voz... mi voz dejó de ser la mía.

Y, al cerrar los ojos, sin embargo, seguía notando su presencia, bajo la sombra del árbol. Miré en su dirección y sabía que estaba allí. Estábamos allí.

X.

No puede llorar con el ojo izquierdo.
Sus palabras se esparcen en el aire.
Y las ramas se agitan con el viento.
Del sol nacen las sombras.
Todo lo que nace un día muere.
Le gusta hundir las uñas en la tierra.

Cuando lo ve, pierde su voz.
Y el viento, el sol, las sombras y la tierra desaparecen.


Y pocas cosas sabe más.